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Perdiendo brillo

“…recibimos radiaciones del ser humano, de nuestros prójimos y de quienes nos quedan lejos, de nuestros amigos y de nuestros enemigos. ¿Quién conoce las consecuencias de una mirada que nos rozó furtivamente, quién conoce el efecto de una plegaria que por nosotros rezó un desconocido?… ¿Quién conoce y quién mide los efectos que estas radiaciones causan en nuestro cuerpo, en nuestros sentidos, en nuestro espíritu-el orden, el equilibrio a que sin cesar estamos compelidos?…No significa otra cosa que vivir.”

Ernst Jünger. Radiaciones. Diarios de la Segunda Guerra Mundial.

 

“Estoy perdiendo brillo” le dije la otra noche a M.  “Y la clase se me escurre de la mano.  Nada peor que no poder seducir a tu audiencia, que tus palabras reboten contra el otro extremo del salón y que te vuelvan huecas, vacías, deslucidas. Vuelvo a repetir, es estar perdiendo brillo. Ya no camino el aula. Nada peor que el vértigo del vacío, no plantearme qué estoy haciendo ahí, no encontrar ni siquiera la devolución de una mirada”. M. me responde  que el descalabro sentimental se coló en la perfomance y no encuentro un equilibrio. Me quedo pensando y no le digo nada. Quizás me convertí en un nihilista más. Quizás los días lluviosos son el paisaje perfecto del mí estado de ánimo. Lo concreto es que mi refundación no llega y no sé si este presente llego para instalarse, si dejé de sentir el aula, si ya estoy grande para esta profesión.

Vuelvo otra tarde a dar clases al curso de 4° año con pocas ganas de pasar dos horas en la nada. Los nihilistas son ellos pienso, tratando de no hacerme cargo de la situación. Mi caminar se torna lento porque disfruto el encanto aristocrático de las calles de Florida. Las hojas caídas de esos árboles que llenan todo el paisaje. Es el fin del otoño.

Mis palabras no corrompen. Ante tan estúpida cavilación, bajo a la tierra y veo la entrada de la escuela. Es una señorial casona. No la Atenas de Sócrates.

Luego de servirme una taza de café apenas cortado que me llevo al aula, dejo mi cartera y mis libros arriba del escritorio.  Miro el panorama. Acabo de leer a Badiou. Medito obscenamente acerca de la composición de alumnado.  Sopeso quiénes están pasando por la violenta experiencia del poder mortal de lo inmediato, quiénes están construyendo la manera de encumbrarse en el lugar apropiado del orden social existente, quiénes viven en el infierno, quiénes siguen apilando frustraciones en las barricadas de la apatía y me pregunto por dónde empezar. Reparo que la ventana que da hacia el patio no me permite ver el cielo ni los árboles que se hallan en el fondo.  Está tapada por una cortina o algo que quiere cumplir esa función. Les digo, señalándola, que la cortina de mi baño es más elegante. Se ríen y me dicen que la estufa no funciona y que la dichosa cortina no puede parar el viento. Les señalo el techo del aula: los listones metálicos se están cayendo.

Me quedó absorto mirando el pizarrón inservible. Ya ni con alcohol se puede borrar. No sé cuánto tiempo me quedé en silencio. Entonces me pongo a hablar a borbotones del formalismo ruso, de las condiciones de producción de escritura durante la revolución, de aquellos que quedaron afuera de la misma, de los disidentes, de la vida misma. Y hablé sin parar un largo tiempo no deteniéndome en explicar algunos conceptos que probablemente no entendieran ya que me dieron esa posibilidad, no me interrumpían, no hablaban entre ellos, ni tomaron sus celulares. Cuando me adentro en la literatura alguien pregunta qué hacer en este estado de las cosas. Les contesto que sería políticamente incorrecto decir lo que estoy pensando en ese momento. Otra vez dice “vamos profe, dígalo, queda acá”. Digo sin tanta reflexión que habría que dinamitar todo y empezar de nuevo. Ríen. Intercambiamos pareceres. Leo un párrafo de “La trama nupcial” de Eugenides, algo referido a los nervios que tiene el sujeto amoroso cuando siente que encontró a la persona indicada. Aplauden. Levanto el libro indicándoles el autor.  Vuelvo a sonreír en un aula después de mucho tiempo. Un alumno me pide el libro. Alguien me hace la pregunta que no esperaba: “profe, qué es escribir bien”. A ligeras contesto “encontrar tu propia voz”. Y me pongo a hablar de Wu-Tang Clan, del hip hop de los 90s, del productor de Bruno Mars (que no recordaba el nombre porque mi disco rígido anda lento), de los procedimientos de composición. Alguien grita “Mark Ronson” y agradezco la velocidad de lo señalado porque la clase sigue fluyendo.

Pero en un momento dado el espacio se transforma y paso a ser el interrogado. Y no estamos hablando precisamente de literatura. Hablamos del amor, del desamor y la pérdida. Saco de cartera Elogio del amor, un texto de conversaciones entre Badiou y Nicolas Truong. Y leo: “Pero el amor no puede reducirse a un encuentro, porque el amor es una construcción…un amor verdadero es aquel que triunfa en el tiempo, dura(ble)mente, a pesar de los obstáculos que el espacio, el mundo y el tiempo le oponen”.  Luego una alumna me pregunta “¿profe, usted está sólo o lo dejaron?”. Otro me pregunta “¿no tiene hijos?”. Y me doy vuelta. Miro nuevamente el pizarrón. La mierda, pasan los años y me vuelvo más transparente. Hasta un adolescente percibe mi estado. Pienso en todo esto que está ocurriendo milagrosamente, que  estoy recuperando el amor a mi profesión y que lo sentimental seguirá su curso. Y me muerdo los labios. Y  giro nuevamente y devuelvo la mirada al curso, sonriendo. Y no les digo nada acerca de la verdadera vida.

 

Munro, julio de 2018

 

Pablo Moreno

 

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Humo de Cattaneo

La industria cultural del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires decidió meter en una misma grilla a al trío IL DIVO (desafinaron de manera pareja), a Rick Wakeman (que no pude ver con una distancia objetiva porque forma parte de mi educación sentimental) y al dj Hernán Cattaneo. Digo dj. Exponente de la música electrónica me parece un mote exagerado. El concepto que unía las tres propuestas era que tocaban con orquesta. Es todo el criterio artístico que encontraron.

La previa de Cattaneo

 

Cattaneo empezó su set con el ya trillado efectismo de voces saturadas y mediatizadas por otros medios de comunicación (voz de radio), aquello que Floyd hizo un campo de experimentación que une canciones para tematizar un álbum. Lo cual no estaría mal si hay un hilo conductor en el dj set. Pero la cuestión se torna áspera si a eso se le agrega los acordes de Blade Runner de Vangelis.

La perfomance continuó con una muestra desabrida de easy listening sin ninguna emoción. La idea propia de la masividad en trance queda sepultada. Uno podía suponer que los bosques de Palermo permitían una rave mesurada. Pero nada de eso ocurrió. O al menos no me enteré porque me resultó soporífero. Cattaneo se atrevió a hacer un cover sin vuelo de Porcelain de Moby, tan tímida que quiso parecer a la versión original. Cerré los ojos. Aquel track de Play poseía (y aún posee) el encanto melancólico de fin de milenio.

Un par de temas más y sentí la pérdida de tiempo. Me preguntaba por qué Cattaneo en el Colón y luego Figueroa Alcorta y Dorrego, cuál es el campo de acción cultural para invertir en semejante desatino. Fue entonces, mientras me alejaba, escuchando esa música tan falta de riesgo, que era la banda de sonido perfecta de un vacío cultural. Música para ser olvidada, sin efecto residual, ni siquiera con la levedad siempre subestimada del pop

Los acordes de un sistema republicano decadente.

 

 

Pablo Moreno

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Melereanas: “Tecno”(2000). 1ra. parte

Primitivo

 

El 25 de septiembre del año 2000 Daniel Melero fue invitado al programa Todo por dos pesos[1] conducido por Mario y Marcelo (personificados por Fabio Alberti y Diego Capusotto respectivamente) para realizar una perfomance en vivo en un ficticio estudio ubicado en Miami, que era el espacio donde se desarrollaban los sketches. Los conductores presentan al músico en una suerte de revancha en relación a la participación del propio Melero con el grupo Los Encargados que ocurriera en B. A. Rock 82, cuyo set duró menos de 5 minutos:

Todo el mundo me lanzaba cosas. Sacamos del escenario treinta kilos de frutas. La gente me arrojaba su almuerzo. Que te agreda una multitud es una de las experiencias más tremendas que podés tener. ¡Y de manera tan unánime! ¡No había ninguno en desacuerdo!…teníamos un aspecto fabuloso porque bastó que saliéramos y antes de la primera estrofa de Necesidad la gente nos empezó a tirar de todo.[2]

 

La efectividad del acto reside en el conocimiento de la historia y la cultura rock, premisa que el propio Capusotto llevaría al extremo en su programa Peter Capusotto y sus videos. Si en 1982 el synthpop de Los Encargados no fue tolerado,  el desenlace del sketch es producto de la nueva propuesta técnica del sonido de Melero de aquella época, la perfomance de un sujeto con una computadora personal y rodeado de sintetizadores considerando como rock la usina tecno. Pura contemporaneidad. La discusión en torno a si la música de Melero es vanguardia cae en un saco vacío ya que aquello que exige es historicidad y contemporaneidad, la formación ligada a la información (el relato que construye el rock hacia el presente) es la posibilidad de construcción de una lírica vigente.[3]

La perfomance fallida de Melero en Todo por dos pesos dura la mitad de tiempo que aquella que hiciera con Los Encargados en el B.A.Rock 82. Melero bordeando la sobreactuación ejecuta Primitivo[4],  la tribuna no acepta la propuesta, desde algún del estudio le disparan con un rifle, los equipos estallan, Melero trata de continuar no puede finalizar ¿el concierto? ya que las hordas enfurecidas lo terminan linchando.

Los contextos cambian. No así la esencia conservadora del público de rock. La oportunidad de redimirse deviene en suicidio artístico. Y en este caso no hay nada más coherente que la perfomance no finalice.

El Djset es una anomalía en el panorama del rock argentino, el sample es robo, son las antípodas de la ejecución de un instrumento. Sin embargo el simple requiere de una sensibilidad que sólo puede encontrar su cauce en la propia historicidad del rock y del pop. Primitivo es una sumatoria de conceptos que confluyen en una declaración de principios:

Explicado/Coherente /Reflexivo /Replicado /Sugerente/Correctivo/Primitivo, primitivo, primitivo/Siemprenunca,fuisteprimitivo/Activado/Inherente/Decidido/Atrayente/

Terrorista/Constructivo/Primitivo

 

La voz, único instrumento no virtual de la canción, suena monocorde, reafirmando su concepción tecno, instalando una zona de ambigüedad en donde tiende a desaparecer el sujeto, un cronner en disolución (Siempre nunca, fuiste primitivo) atravesado por las nuevas tecnologías.

Ahora bien, Primitivo también instala nuevas concepciones de grabación en donde la tecnología abarata los costos de producción: ya no hay músicos, no hay instrumentos, los sonidos virtuales ocupan ese espacio en donde no hay lugar para la falla humana. La soledad del estudio portátil no difiere del bluesman con su guitarra y un grabador. Difieren los contextos, los paisajes, en el latido del beat respira la urbanidad y la globalización de un colectivo heterogéneo de acordes que provienen de Internet. Si el rock recuperaba (y recupera) la enunciación de sitios que pertenecían al tango (sobre todo en la pintura del paisaje de la ciudad), Primitivo propone una arquitectura de una modernidad “replicada” de conceptos y sonidos al alcance de todos. La cuestión es cómo construir esa información que aventuraría decir “ahistórica” ya que el material que baja de la red es puro presente. Que el resultado final  sea un tecno anclado el krautrock (más precisamente Kraftwerk) es producto de la propia formación histórica de Melero.

Reflexivo y explicado en la forma. Coherente, terrorista y constructivo en el contenido.

Primitiva es la estrategia de producción sin perder la coherencia artística.

El estilo es barato, es muy económico. El problema es seguir las tendencias, algo que es caro…hacer las cosas en el momento meno oportuno suele darte un crédito interesante en el transcurso del tiempo.[5]

 

 

Pablo Moreno

[1] https://www.youtube.com/watch?v=ZrfjcNdnFhc

[2] Ahora, antes y después, Daniel Melero y Gustavo Álvarez Núñez, pág. 79, Editorial Derivas, Buenos Aires, 2012.

[3] El tiempo que otros pasaron estudiando música, yo lo pasé escuchando discos. Más que formación diría que tengo información. Por eso creo que soy un oyente. Desde luego, siempre existió la libertad de encarar cualquier instrumento sin respetar la técnica. Lo que pasa que esto se hizo más visible en los últimos veinte años. Ahora, antes y después, pág. 53.

 

[4] Del álbum Tecno (2000), reedición en box set Cuadro (2012), Ultrapop

[5] Ahora, antes y después, pág. 28/29

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Las fulguraciones de Jorge Quiroga

(Sobre El que recuerda, de Jorge Quiroga, Instituto Lucchelli Bonadeo, 2017)

 

Si es cierto que el poema que inicia un libro introduce su tono, en este caso, el primer verso del primer libro de Jorge Quiroga (Cuaderno nocturno, 1991) da el tono, además del título, a sus obras reunidas.

Los de Jorge Quiroga no son poemas humanísticamente reflexivos sobre el mundo. Son de factura existencial porque su escritura brilla como pensamiento depurado y una visión perdida del mundo aparece, musical, sola, sin o con una noción de belleza.

Jorge Quiroga traduce o reproduce una incomunicabilidad. Algo no se puede decir. Hay una voluntad de abstracción en la persona que reviste emociones o ideas con palabras.Hay un misterio o magia verbal en sus poemas. Quizás porque donde hay manejo del lenguaje poético hay ambigüedad y confusión.

No hace falta hablar de programas ni de artefactos. Sus poemas son fulguraciones. Algo en su obra es ahistórico. Otra parte está cargada de sentido político. El exilio, los desaparecidos, la calle, la muerte. Una estética ciudadana. El ojo para lo social de Jorge Quiroga no deja de tener un enmascaramiento.Una adjetivación sutil de historias. Un misterio sensorial. Una sencillez escéptica.

José Fraguas: “La  poesía de Quiroga lejos de ver pasado en el futuro, encuentra en lo vivido, a través de los diferentes modos del recuerdo y del olvido pero también en la rica diversidad de miradas posibles, desde el registro objetivo al delirio, un material que relampaguea iluminando lo sentido, lo vivido y lo posible.”

Confesional, misteriosa, soterrada, difusa; en la poética de Quiroga el tiempo y su línea mutante son protagonistas ubicuos. Una indeterminación al servicio de la anécdota o la anécdota al servicio de la indeterminación. Son instantáneas urbanas que devuelven una metafísica del instante y de lo evanescente. Una prosa poemática, huidiza.

“Puedo, ya que no queda ningún indicio, mirar la lluvia detrás del patio. (…) Solamente los ojos parecen recordar. (…) Los ojos recuperan la vacilación que nos une con el sentido, lejanamente.” (Cuaderno nocturno, 1991)

Hay algo filoso, reflexivo pero al mismo tiempo imposible de razonar, que recorre las primeras estampas en prosa poética de su libro.

Luis Thonis: “Jorge Quiroga ha ido construyendo una poesía seca, empecinada, que desplaza el origen del lenguaje hacia un punto fijo donde entre fragmentos y relámpagos vuelven memorias y voces que se van haciendo audibles a medida que son más silenciosas.”

Jorge Quiroga propone un drama sin dramatismos. Un misterio sin empalagarse en lo misterioso. Es un poeta que usa el lenguaje a favor del asombro. Sus poemas persiguen el embrujo de lo evanescente.

Poemas de una lírica encriptada. Dichas por lo bajo, las emociones que trafican sus poemas tienen un tono crepuscular. Pero no hay regodeo en la tristeza ni decadencia. Hecha de preguntas y respuestas vedadas. Su escritura, enigmática, quiere retener lo que desaparece.

"El que recuerda". Jorge Quiroga

“El que recuerda”. Jorge Quiroga.

El libro incluye tres obras inéditas, La memoria infiel, La voz de Marta y Escenas del barrio. Es posible confirmar, en estos últimos poemarios,la coherencia estética en la transformación del fraseo de su voz y las constantes de su poética.

“En un cuaderno anotó todos los detalles de esos días, ahora no puede encontrar en los papeles ningún rastro que le permita decir, que ellos existieron, los nombres se borran y los recuerdos son inhallables. A veces se sorprende de los hechos que encuentra.” (La memoria infiel)

La obra de Quiroga supone una indagación sutil sobre el misterio del paso del tiempo y sobre lo evanescente.  “La vida nos empuja, y ahora/el olvido tal vez es imprescindible”, anota en La voz de Marta. En Escenas del barrio, los lugares aparecen, como fantasmas que se pasean y se instalan en el presente, en un rapto en la vigilia.

Hay algo vago y sosegado en sus poemas. No es tristeza sino desinterés por las referencias altisonantes. La delicadeza de operar con las emociones sin chantajismos sentimentales ni onanismos autorreferenciales. Es un poeta que escribe en y hacia el misterio del lenguaje. Hay un anhelo de plenitud en la conservación de lo efímero a través de las palabras y la memoria.

El que recuerda, de Jorge Quiroga, reúne las cinco ediciones de sus libros publicados, desde 1991 al 2015, incluye tres libros inéditos, una plaqueta del año 1969 y recupera dos poemas publicados en publicaciones periódicas. En sus páginas, las palabras recuperan la intensidad de lo vivido. No se trata simplemente de referir sucesos fechados sino de entremezclar remembranzas, impresiones, estados de ánimo, gestos, blasones, conexiones íntimas.

 

Javier Fernández Paupy

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Lo mató un guacho

Era una noche para salir. Los muchachos haciendo la previa en la casa de Silvana. Todos contentos para salir a bailar. Se hicieron la 1 AM. Salen todos para la joda. Llegan a las 2.15 y entran. Se cierra la persiana, ya no entraba más gente. En la puerta, un seguridad gordo y sin reacción. Continúa la fiesta. Pasan las horas. La fiesta a todo ritmo. Todos contentos pasándola bien.

Florida Oeste

Florida Oeste

A las 5.40 llega un pibe y quiere pasar. El seguridad no lo deja pasar y dispara un tiró al aire para intimidar al guacho. El pibe se va. Luego vuelve y le de cinco tiros al seguridad en el pecho. Se corta la fiesta. Se levanta la persiana. Todos corriendo sin entender nada, gritando, algunos llorando. Otros tratando de ayudar cuando llevan al seguridad al hospital. Ya estaba muerto.

Se sintió mucho dolor y angustia por un conocido del barrio que no pudo hacer nada.

Este asesinato dejó muy tocado al barrio.

 

Alan Palavecino

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Avenida de Mayo

Oculta la novela de H.P. en los pliegues del piloto negro bajo a la calle y el horror sobrevuela las montañas de la locura con alas de anfibio. Resistiendo el embate infernal de galernas impiadosas al pie de una muralla congelada por edades inmemoriales, doy vueltas en la nieve. Rodeado por el bullicio gradual que puebla la terraza del café despierto de sus visiones. El informe meteorológico retrajo este páramo silencioso, desértico. La tierra de la noche barrida tras un ceremonial insolente se extiende ante mí y la parada del 26 frente al parque será un punto tranquilo. Abro la petaca, fumo. Escucho el creciente rumor elevado de cánticos suplicantes morder las dormidas copas de los árboles, varios colectivos se alejan abarrotados de radiantes cargas invertidas, una retorcida lámina de Egon Schiele tiembla incómoda en el hall de un edificio aledaño. Bebo, fumo, bailo despacio, despiertan los espectros del parque y hago memoria. Recibo fantasmas de vetustos amigos desvanecidos como figuras de arena. Es suficiente. Levanto una mano, subo al 5 y bajo en Callao. Camino Avenida de Mayo hasta la puerta de un sucio hotel cruzando el Palacio Barolo. Acodado, sigo leyendo. "Avenida de Mayo" de Ariel ClericeHoy salí sin música y al principio fue raro pero escuché hablar al viento con los grillos y ahora oigo el descuidado murmullo de la gente entre las hojas. Llego. No permanezco más de dos, tres horas. Este sábado dejo flotando fugaz la intervención de un movimiento oscilante con How Soon Is Now? Estiro los brazos. Fools aparece al verme bloqueado por aquel acostumbrado vacío de no bailemos cerca del extraño. Comprueban a dónde llevo el tema y bajan las defensas reintegrando sus cuerpos distendidos. Los viernes soy un extranjero vestido de negro, pelo corto, recién afeitado, impecable, distante pero cerca, algo dispuesto. Sábado por la noche continúa la misma lluvia hasta llegar a las pistas donde giro tras giro con un vaso en la mano hago mi eclipse total de corazón. Antes de eso, más temprano, Emma. Comenté con Vanesa la idea de festejar nuestra Navidad a su vuelta de General Belgrano en enero. Lo comprende sin preguntas, al instante. Vane, mi B. F. F. Con ellos siempre risas, música, diálogo. Y la tormenta. Una tormenta espléndida revienta el cielo, esa opresiva cortina de tiza marina barre de las calles su violenta indiferencia medular. Botas aborcegadas, piloto corto a la rodilla y un paraguas de Cherburgo. Así camino Avenida de Mayo escuchando la blanca, fría, sonámbula voz de Catherine Deneuve. Junto a ella el resto palidece. Ah, Catherine. En algún lugar a salvo del olvido tu sonrisa breve, un talle de líneas anoréxicas, el abundante rubio demencial. Los ojos redondos, perfectos. ¿Cómo decirte adiós?. Bajo. Subo al escenario de mi columna habitual, bailo A Night Like This. Tranquilo. Pero sin el vaso y con menos alcohol en la sangre cuando pasan Never Let Me Down, combino rápido de cara a la pista distintos pasos en cadena hacia adelante, atrás, adelante, atrás. Nada fácil. La noche está llena de secretos.

 

Ariel Clerice

 

Avenida de Mayo. Ariel Clerice. Ascasubi Ediciones.2015

Arte de Tapa: Nacho Fernández Paupy

http://www.palabrasamarillas.blogspot.com

 

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Future days

Y la seducción en un instante termina
Cuando los días se tornan tan largos
Exceso de sol, vibrante atardecer
De promesas nunca formuladas.
Y me dejo abandonar en esa actitud,
Ese miedo tan emparentado con el frío.
Cuando deseo olvidarla, miro mis manos,
Llenas de memoria, de recorrer su cuerpo
A veces contenido, en tus sobresaltos
Susurrando mí nombre, embriagado en tu piel,
Feliz en ese espacio sin tiempo, breve, crepuscular.
Instantáneas de una juventud no vivida
Una ofrenda de frescura sin haber rezado una plegaria.
Y no puedo dejar de olvidarla
Será mi temblor

"Nouvelle vague" (Jean-Luc Godard, 1990)

“Nouvelle vague” (Jean-Luc Godard, 1990)

Será la ausencia que hace estragos
Será que los sueños se hacen añicos
En el fin de la audacia
En el fin del abrazo.
Los días futuros que se me antojan eternos
Un aprendizaje de rabiosa amnesia
Una medicina de la pérdida
Para acallar el dolor
Y que mis manos suelten
Lo que nunca pudo retener.

 

Munro, 15 de diciembre de 2015

 

Pablo Moreno