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Sobre el arte de picar piedras, por Sergio Rienzi

Javier Fernández Paupy escribe sobre escritores que escriben. En presente continuo. Es decir, escritores que no pueden hacer otra cosa más que escribir y leer, leer y escribir, casi reversible, casi un continuo. Nada de método ahí, en leer-escribir: se trata de una dualidad que es una forma de existencia. Escribe notas en presente continuo. Escribe sobre el pasado, desde futuros posibles. Esta es otra coordenada. Anotarla. A río revuelto, ganancia del pescador. Esto es una especie de topología del libro. Una especie de catálogo de primeras impresiones. Javier Fernández Paupy pasó a la literatura entera, argentina y no argentina, por una especie de puerta vaivén. Puerta rebatible del tiempo, puerta de bar. Esto tiene algunas implicancias metafóricas básicas: primera ley termodinámica de las puertas vaivén: si no te apurás a pasar, una de las hojas de la puerta puede llegar a impactarte de lleno. Te tenés que apurar. Tenés que poner el cuerpo de cierta manera. Es casi una cuestión de ritmo, casi de contorsión. Tenés que inclinarte, primero hacia una de las hojas, después hacia la otra. Y casi como un arlequín en plena acción, podés llegar a tener chances de pasar ileso. Algo de ese arte hay al adentrarse en el libro de Fernández Paupy, Picando piedras. Notas de lectura, editado por Tammy Metzler. Querer salir ileso, al entrar y salir de este libro, resulta bastante iluso. Me abro paso en las notas sueltas. Se trata de un libro de notas sueltas. Por otro lado, el libro articula una especie de lista secreta, opción que me gusta más, que refleja más el espíritu real del libro.

Anoto algunas palabras sueltas sobre el libro, como quien trata de desmalezar en vano, ubicando términos con posibles derivadas y consecuencias. Encuentro en las lecturas de los primeros días, junto a las citas de las citas del libro de Javier, algunas palabras que me obligo a pensarlas, y las incluyo ahora acá. Encuentro en esos días incipientes estas otras: materia oscura, vociferaciones, daguerrotipos, paisajes. Más adelante encuentro otras: timidez, luz tenue, escupidera del lenguaje, no perder de vista: entradas y salideras. Entradas y salideras, la encuentro a lo ancho y a lo largo, varias veces. En el medio de las notas que hice del texto encontré otras, que las recorto también ahora: catálogos, hendiduras, dialectos, bocanadas, arenas movedizas. Toque de queda. Toque de queda todavía me sigue haciendo ruido. No sé bien por qué incluí eso en esa madeja, pero quiero ser fiel a las primeras impresiones.

Entonces empecé a anudar esa trama de palabras sueltas. Hasta que descubrí que detrás de esas aislaciones había puentes levadizos y ligazones. Se trata de un catálogo de daguerrotipos. Es un catálogo sutil, como una luz de velador. Javier es una persona secreta, parece social y sociable, pero es realmente tímido. De ahí, que por su timidez, esas notas, esos daguerrotipos, parezcan una derivación de su misma psicología íntima y de su personalidad: un  catálogo mirado con la mirada de soslayo, de costado, de refilón. El tipo que espía a alguien muy minuciosamente detrás de unos anteojos de marcos gruesos. Casi un anteojo que esconde los ojos de la mirada. Sin embargo, los ojos son capciosos, juguetones, y observan bien todo. Observan y escuchan, esos ojos. Casi que escuchan con los ojos. Esa mirada de soslayo, vuelve a esas notas una materia sideral oscura. Parece aleatoria, parece random, parece un detritus espacial. Pero nada más alejado de la realidad del cuerpo del texto. Están seleccionadas, así como un taxidermista selecciona las piezas que va a disecar. Mano de luces y sombras tenues, mano de contornos y figuras no abstractas, la mano del autor tejiendo retratos al infinito, series, entre esos fragmentos que se pliegan y se repliegan sobre el libro, como boomerangs que tira al vacío y vuelven más tarde, entre paisajes de ensoñación, recodos, páramos y anécdotas de cafés y de bares y de suburbios. Fantasmagorías, ensoñaciones, vociferaciones. Como cosas escuchadas al pasar entre habitúes de bar, esa intimidad logra Fernández Paupy en el libro. Una complicidad entre muertos que no están muertos, y amigos que sin ir más lejos, no están tan lejos.

Hablo de un diario de notas al pie. Casi notitas. ¿Vociferaciones de autores ajenos? No lo creo. Eso parece a priori. Pero casi diría que nada que ver. Tan solo una apariencia que engaña, casi un holograma eso, una trampa tendida inconsciente por Javier Fernández Paupy o deliberadamente adrede. Ningún recorte de autores. Más bien: autores pasados por la palabra de Javier. Autores, escritores, traductores, editores: traducidos por el autor. Está claro que muchas veces se encarga de citarlos fehacientemente. Entre comillas y todo. Pero esto, es solo un despiste, es parte de la cadencia sonora de trampas que nos va a ir poniendo JFP a lo largo del texto. Materia oscura, trampa para osos. Libro-trampa. Libro de citas, libro de notas sueltas soltadas. Libro de trampas, para clandestinos. JFP hizo pasar los escritores esos por su lengua. Los hizo pasar primero por el papel y la tinta, después los masticó bien, y los volvió a escupir en la cara.

Diario de notitas al pie: no. No rotundo: se trata de un diario de notas al costado, calzada reducida de la literatura. Literatura para pocos: casi no autorizada. Calzada reducida: para pocos. Calzada reducida también por la charla que tuvimos en esa terraza, hace unos meses. Ahí nos preguntamos los dos si existía en la actualidad otra forma de hacer un libro bueno. La condición actual es que sean fragmentados, entrecortados, evanescentes. Libro de notas, materia oscura. Libro de entradas ajenas, para salidera propia. Trato de armar mi lista y me queda corta, y sé que no me va a salir en forma de lista. Más que una lista va a ser un inventario, de toda la luz y de todo lo bueno que sentí del libro. Ya la apertura del libro, en la primera cita que levanta, nos debería poner en alerta, o al menos prepararnos para las paradojas internas a las que serás sometido a lo largo y ancho. Notas angostas que se ensanchan más tarde. Anotaciones más largas que tienden a estrecharse a medida que apuras  el paso para pasarlas y leerlas. Libro de daguerrotipos deformados, de sombras sinuosas, de calles escarpadas. Libro basilisco: miras demasiado y de golpe, te convertís en piedra. El libro te toma de gato por liebre, y en esa operación, corres el riesgo de quedar de rehén. Así como las entradas son fugaces y furtivas, tenés que tratar de sorberlo de a poco, como un café muy caliente, entrar y salir, sorbitos pequeños, imperceptibles, entrar y salir, interrumpirlo adrede, entrecortarlo. A propósito. Yendo en contra de la tentación de terminarlo rápido. Guiños, muecas, confesiones al pasar, casi confesiones de velador prendido apagándose. Libro de taxidermista. Escabroso. JFP se volvió un maestro de lo tenue, de la sutileza mágica. Ruptura y reconciliación a la vez. Celebraciones y libaciones de tinta. Uno todavía se anda preguntando cómo su autor armó una trama, tejió una especie de hilo conductor deshilachado y casi invisible, a través de sus anotaciones y citas. Algunos trucos de magia tradicionales, del pasaje al acto, de la visibilidad esmerilada y sutil a la invisibilidad absoluta, de la sustitución de personas por objetos y viceversa, del sonido a la luz, sin escalas, y haciendo reversibles las cosas irreversibles. Trucos de mago, de hechicero.

Recorto esta cita: “A lo único que puede aspirar un escritor es a la supervivencia (otro tópico) para poder seguir escribiendo hasta que muera”, Charles Bukowski. Agarro una servilleta del bar en el que estoy, y garabateo en la servilleta marrón horrible esto: Ricardo Colautti, página 17. Sistema de referencias precario de servilletas como señaladores y señuelos. Algo de ese fragmento que recorta JFP de Colautti se me incrusta en el cuerpo, colisiona. Primero sentí una especie de pinchazo agudo, como las esquirlas de un metal repentino que se te clava en un accidente de tránsito, que te perfora piel y tejido de un solo golpe, y todo eso pasa junto y en simultáneo. Algo de esa potencialidad que recorta Javier Fernández Paupy sobre Colautti, cala hondo en el hueso de los que escribimos y leemos. Esa escritura que está en pleno hacer, articulándose, deshaciéndose y haciéndose a la vez, casi ad infinitum, siempre incompleta, fallada, escandida, escindida, siempre recortada y fragmentada, y a su vez, por su misma condición y carácter, tan fidedigna de la realidad, sin caer en realismos baratos o prêt-à-porter. El primer disparador fue eso, lo anoto y dispara pregunta: este libro de JFP, tan íntimo como un diario, tan disperso y agudo como un diario, ¿será acaso un libro de retratos breves y sutiles? Como el fotógrafo urbano que retrata cosas y personas al pasar, al estilo el Jansen de Modiano, en Primavera de perros. Está claro que en JFP las palabras “sutil” y “tenue”, son palabras que cuadran estética y filosóficamente con él y lo refractan, casi lo cristalizan a él en un sistema de espejos. Quien lo conoce en intimidad, sabe que es propenso al don de la timidez, de lo tenue, de la mirada sutil y subrepticia. En un mundo de escritores de relatos de verano, de youtubers, y de artistas que se creen consagrados habiendo hecho tan poco, lo anterior es un elogio.

Pero lo que hay que poner dentro del foco, de la mirada oblicua-Fernández Paupy, es que lo tenue, lo sutil, y todo lo que va deslizando de forma subcutánea, está siempre en fricción, en péndulo, en giro violento. Una fricción similar a la que hay que llevar a cabo cuando uno se enfrenta a un cubo mágico, encastre y desencastre, salir de posición y entrar. Fricciones pasajeras, furtivas, estocadas rápidas. Lo mismo hay que llevar a cabo para que ese libro-artefacto no se te incruste del todo en el cuerpo. Como una hoja de ruta de la pérdida. Hay un hilo conductor, una especie de pequeña trama perdida por ahí pero se trata de algo casi invisible. No es un hilo del que podes tirar. Y cuando empezas a vislumbrar algo, Javier se encarga rápido de eliminar las huellas, los rastros, te corta el hilo de cuajo, y te hace tropezar en el bosque en el que te metió sin que te des cuenta. Ejemplo, en la página 21. Títulos ligados a canciones. Empieza una cadencia y la elimina en breve. Se trata exactamente del reverso del concepto aeronáutico, corrección de deriva. Cada vez que el texto se dirige hacia un lado aparente, Javier lo rescata, lo entrecorta, lo hace fallar, y perder, y lo corrige a deriva. En cuanto las notas arman temas o trama, pasa eso. Es que se trata de la idea madre del texto, a mi entender: que te pierdas ahí, no que encuentres una carta de navegación certera que te lleve a un destino, o una hoja de ruta con certidumbres. La idea debe ser precisamente esa: ayudarte a hacerte perder. Me digo esto y lo anoto. No es el único que le es fiel a algún sistema de anotaciones en cartapacios. Sistema Javier Fernández Paupy: saltos, cabriolas, caídas en cuadernos espiral. Quiebres, fallas geológicas, cartografías rotas. Entiendo el corte que le da al armado de sentido, como una especie de cambio de piel constante del texto. La piel de las notas sueltas, mutantes y cambiantes, notas plásticas, especie de trazo de pincel de pintor.

“Importa poco no saber ubicarse en un libro. En cambio, desorientarse en un libro, como perderse en una ciudad o desviarse de un camino, es un trabajo de la experiencia”. Ahí es donde podemos corroborar la hipótesis, de que JFP  establece un sistema de referencias con estas anotaciones que hizo y que volcó al libro. Se trata de coordenadas y de pistas falsas para perderse mejor. Una cartografía rota, inexacta adrede, articulada en el deshilachado. Algo con la mirada oblicua del perfilador. Javier Fernández Paupy se volvió un perfilador. Como esos detectives que construyen perfiles. Construyó los perfiles de su literatura preferida. Construyó los perfiles de los escritores seriales que ama, que disfruta, que padece. Con esas notas que parecen sueltas, como las notas que los investigadores van pegando en la pared, con recortes de diario, información anexa, para ir armando la trama del crimen, de la víctima y del asesino. Las notas sueltas articulan una especie de red, de entramado en forma de serie, que a su vez cumple la función específica de la red: proteger, enmascarar, cubrir. La red protege a los autores de los propios crímenes, caprichos, relatos y anécdotas que el autor describe y teje. Red Javier Fernández Paupy y sistema de perfiles clandestinos. La clandestinidad, una trama que hay que enredar y desenredar a la vez, hacer meter a esos escritores y escritoras en un Programa de protección de testigos para protegerlos cambiándoles algo de su identidad conocida. O hacerlos caer en las trampas que deja, para que revelen sus crímenes en vida y restituir su santidad a la criminalidad merecida. Los Perfiles no están cohesionados, son disímiles. Por eso es que no se trata de una serie lineal. Libro de retratos, libro de perfiles para un perfilador.

Para cerrar. Genealogía, filiación, incrustación,  encadenamiento y taxinomía. Se ha descrito las formas de abordaje en que fue abordado Javier Fernández Paupy y cómo refleja todo eso el libro. Javier fue articulando todo esto en el entramado de citas y notas sueltas que nos dejó. Es ahí en donde el lenguaje  de las escritoras y escritores que fue recortando, se vuelve dialecto: uno oscuro y primitivo, que entrecruza las vidas y los pensamientos y el accionar de todos ellos en una especie de juego de espejos enfrentados generando imágenes infinitas, en un sistema de reflejos enturbiados, y de coordenadas inexactas, falladas. Javier llevó a cabo este experimento, con la mezcla del coleccionista y del físico: por un lado, se trata de un lector serial y voraz, pero exquisitamente selectivo. Por otro lado, la rigurosidad experimental con la que lleva a cabo este juego,  ejecutado con una mano tenue y con observaciones moderadas para no condicionar el objeto observado, propio del físico que está llevando a cabo uno de los experimentos más cruciales de su carrera. Por último, adivino que hay un proyecto secreto detrás de este libro. Se trata de un proyecto indirecto y tal vez inconsciente: el de ser un mapa, una suerte de enciclopedia de bolsillo de autores de todo tipo y forma: consagrados, difamados, fracasados, clandestinos, best sellers, populares, infames, impopulares, desconocidos, legibles, ignotos, inhóspitos.

Y detrás de esta operación enciclopedista de aglutinarnos a todos en un solo y único volumen conciso, se abre esta pregunta algo jodida, maliciosa, juguetona, y con la pregunta puedo visualizar la sonrisa equivalente de JFP dibujándose en sus ojos y en su boca torcida, esa sonrisa sutil del autor que solo aparece cuando dice alguna maldad sutil e inocente. La pregunta es: ¿Acaso Javier se está burlando con este sistema de referencias, con este anecdotario de autores, de todas estas categorías anteriores? ¿Acaso les está haciendo semblante, y está queriendo decirnos de manera subcutánea que toda escritura está destinada al fracaso residual? Tal vez existe un pequeño triunfo, o goce excedente, precisamente por el acto de fallar y de perder y de estar destinada al fracaso. Dadas estas condiciones inerciales, la única salida que queda, inexorable, infinita, endémica: es seguir escribiendo. Se trata de una suerte de presente continuo de la escritura como constante cosmológica de los que escribimos. Una especie de falla geológica en la letra tan sistémica como estructural, apoyada en nuestros fantasmas y cosas perdidas, nos lleva a repetir el acto día a día, acompañado de lecturas constantes. Por eso es que JFP nos estuvo burlando a todos los lectores de este libro, con esta presentación de autores disímiles, heterogéneos, metiéndolos en una misma aparente bolsa de felinos.

Escritoras y escritores que escriben en dialecto infinito, al infinito. Escritores que escriben en presente continuo, como Hugo Savino, Néstor Sanchez o Carlos Correas, aunque estén escribiendo sobre el pasado. Las frases se van poniendo persistentes a medida que cruzas el libro de Fernández Paupy. Y empiezan a aparecer, como formas sinuosas, daguerrotipos, diapositivas, que al aparecer bajo nombres de otros, una y otra vez, exigen ser reconocidos. ¿Literatura de montajes, de fragmentos o fantasmagoría? De cualquier manera, la pregunta es irrelevante, estúpida. Los fantasmas son los que el libro te deja proyectar, y en todo caso, no son más que tuyos, me digo. Y de esto te vas dando cuenta recién cuando lo terminas: una especie de vacío, un vacío que no queda otra que mal llenarlo con otras notas, con otros rastros, para volver a atacar al libro más tarde y que se establezca algo parecido a una lejana reciprocidad.

Como corolario del vórtice implacable en el que mete a los autores, hay una especie de restablecimiento de orden y de caos, en su justa medida, una suerte de ajuste de cuentas indirecto, nunca planificado. Mucho estarán tentados de decir, que se trata de su justicia poética personal , cuando en realidad, se trata de una fina  memoria descriptiva de los ritmos de la lengua y los dialectos que se producen al interior de la misma. Un camino de notas sueltas, se termina volviendo un camino de incrustaciones.

 

 

Sergio Rienzi

“Néstor Sánchez, en una entrevista publicada en 1987, en la revista Cerdos & peces: “La narrativa y la poesía tienen una esencia única: el ritmo de la lengua. Eso es lo único que cuenta: tener voz propia:” Javier Fernández Paupy, Picando piedras. Notas de lectura, p. 42.

 

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Todos los días en la vida de una mujer

Apuntes  a la ligera sobre Ash is a purest white (2018) de Jia Zhangke

 

Sound affects

En Ash is a purest white (2018), último opus del realizador chino Jia Zhangke, los miembros del jianghu se reúnen a mirar películas de triadas hongkonesas. Más precisamente The Killer (1989) de John Woo. Rituales de representación que llegan del cine, lejos de la acción a gran escala de la narrativa cine del propio Woo  (o de Johnnie To), aquello que se importa es el gesto de camaradería. Gánsteres de poca monta liderados por Bin, un afable mediador que regentea un club de baile de salón y que por supuesto, no llega a tener el anonimato de una discoteca, en donde los habitúes se entusiasman con YMCA de Village People. En Unknown Pleasures (2002) retrataba la discoteca con idéntica alegría con una cita a Pulp Fiction de Tarantino. En Mountains my depart (2015), Tao (Zhao Tao) liberaba sus frustraciones, la definitiva separación de su hijo, bailando bajo la nieve al compas de Go West de Pet Shop Boys. La jianghu de Ash… lima sus asperezas y sellan la amistad brindando una mezcla de bebidas que cada miembro arroja en una fuente de plástico. Entonces la banda de sonido arroja la melancólica canción de The Killer interpretada por Sally Yeh.  Y en ese gesto, Zhangke aleja al film de un mero retrato de mafias de la China continental.

 

Todo lo sólido se desvanece en el aire

El marco de Ash… es la ciudad de Datong, una ciudad minera en vías de desaparición. Culpa de la baja del precio del carbón y de los negociados que ejercen las autoridades locales, que el padre de Qia denuncia en la radio local, extenuado y alcoholizado, una voz que resuena sin que nadie la escuche. El acelerado proceso capitalista produce ciudades fantasmas.

Ciudades que terminan sumergidas como Fengjie en Still Life/Dong (2006), díptico de ficción y documental, en donde se narra la desaparición de la mencionada ciudad por la monstruosa construcción de la represa de las Tres Gargantas.

La ciudad del parque temático de The World (2004) es el telón de fondo del hiperdesarrollo y la industrialización que hacía trizas toda posibilidad de afecto.

En Platform (2000), un grupo de artistas de un colectivo que trata de adaptarse  a la privatización de las prácticas heredadas de revolución cultural china. Los cambios se manifestaban casi imperceptiblemente, Desde las temáticas de las obras, el vestuario y la música hasta que  la ciudad impone toda su presencia.

Lugar común es señalar que Zhangke es el gran narrador de la transición al mundo capitalista de China. En estos films los cuerpos son sometidos al plano general. Solo los primeros planos nos recuerdan que quienes habitan ese espacio son obreros. Y que esos rostros anónimos son avasallados por el peso de la Historia, un espacio que narra, un espacio que disemina figuras en un paisaje que todo lo avasalla, que provoca migraciones internas, que destruye comunidades, que la experiencia moderna de la China contemporánea es la vulnerabilidad ante la fuerza del cambio.

Esta salvaje oscuridad

Desde Unknown pleasures, la violencia en el cine de Zhangke era un estado latente con ribetes trágicos. En A touch of sin (2013) lo implícito cede a un realismo desbordado, a una puesta visceral. Imposible que la china contemporánea no haya transmutado a una ferocidad salvaje.

La jianghu de Ash…sucumbe ante la furia de nuevos grupos que buscan controlar una ciudad ya corrompida. Uno de los miembros es asesinado por oscuros negocios inmobiliarios. Bin primero es advertido con un golpe hecho con caño de plomería. Los jóvenes encarnan ese panorama brutal tratando de desbancar a un Bin mira el presente con cierta perplejidad e ingenuidad. Llevar un arma no implica emplearla. Luego será desfigurado por un grupo de motociclistas en una emboscada. Quien entiende esos cambios es Qia. Un disparo en el medio de la noche impide que maten a Bin. El arma es ilegal. En ese acto, Tao ingresa al jianghu, en el silencio, en no delatar a su amado. La cárcel implica asimilar el código.

Melo

Los rostros del melodrama hongkonés configuraron el melodrama del cine Wong Kar Wai. Un sistema basado en la fidelidad a los actores que encarnaban esas historias. Tony Leung y Maggie Cheung encarnaron el tríptico conformado por Days of Being Wild (1991), In the mood for love/Con ánimo de mar (2000) y 2046 (2004). Los años transcurridos entre una obra y otra no imposibilitó que la historia de esos personajes se siguiera escribiendo en el tiempo.

No es osado decir que Zhangke haya construido una idea de reformulación del melodrama a partir de la historia de la China contemporánea. Qia es un rostro joven, novia de un mafioso en Unknown pleasures (2000). Luego aparece tratando de comunicarse con Bin en la represa de las Tres Gargantas en Still Life (2006). Aquella comunicación que parecía truncada reaparece en Ash… (2018). Qia es enviada a la cárcel. Vuelve a buscar a su amado, es engañada por una pasajera, embauca a un empresario en un hotel, sufre y sobrevive. Qia es encarnada por Zhao Tao en todos estos films. Su personaje es el punto donde confluyen todas las perspectivas del melodrama y que ya confluían en el protagonista  de su film anterior Mountanis my depart, su primera incursión en el género y obviamente también protagonizado por Zhao Tao, quizás uno de los rostros más bellos y expresivos de lo que podríamos denominar como una cierta idea de cine contemporáneo, porque Jia Zhangke es un narrador de cine y no un formulador de nuevas narrativas. La familiaridad del personaje de Qia nos dice: la Historia como un melodrama y el melodrama como Historia. Tamaña ambición de contar a través de un género popular la vida en la china contemporánea no solo refleja un gesto inusual del cine político de Zhangke (sí, Zhangke hace films políticos). Da un paso más allá que narrar el estado de las cosas. Es narrar la vida de una mujer. Una sensibilidad cargada de futuro.

 

 

Pablo Moreno

 

 

 

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Perdiendo brillo

“…recibimos radiaciones del ser humano, de nuestros prójimos y de quienes nos quedan lejos, de nuestros amigos y de nuestros enemigos. ¿Quién conoce las consecuencias de una mirada que nos rozó furtivamente, quién conoce el efecto de una plegaria que por nosotros rezó un desconocido?… ¿Quién conoce y quién mide los efectos que estas radiaciones causan en nuestro cuerpo, en nuestros sentidos, en nuestro espíritu-el orden, el equilibrio a que sin cesar estamos compelidos?…No significa otra cosa que vivir.”

Ernst Jünger. Radiaciones. Diarios de la Segunda Guerra Mundial.

 

“Estoy perdiendo brillo” le dije la otra noche a M.  “Y la clase se me escurre de la mano.  Nada peor que no poder seducir a tu audiencia, que tus palabras reboten contra el otro extremo del salón y que te vuelvan huecas, vacías, deslucidas. Vuelvo a repetir, es estar perdiendo brillo. Ya no camino el aula. Nada peor que el vértigo del vacío, no plantearme qué estoy haciendo ahí, no encontrar ni siquiera la devolución de una mirada”. M. me responde  que el descalabro sentimental se coló en la perfomance y no encuentro un equilibrio. Me quedo pensando y no le digo nada. Quizás me convertí en un nihilista más. Quizás los días lluviosos son el paisaje perfecto del mí estado de ánimo. Lo concreto es que mi refundación no llega y no sé si este presente llego para instalarse, si dejé de sentir el aula, si ya estoy grande para esta profesión.

Vuelvo otra tarde a dar clases al curso de 4° año con pocas ganas de pasar dos horas en la nada. Los nihilistas son ellos pienso, tratando de no hacerme cargo de la situación. Mi caminar se torna lento porque disfruto el encanto aristocrático de las calles de Florida. Las hojas caídas de esos árboles que llenan todo el paisaje. Es el fin del otoño.

Mis palabras no corrompen. Ante tan estúpida cavilación, bajo a la tierra y veo la entrada de la escuela. Es una señorial casona. No la Atenas de Sócrates.

Luego de servirme una taza de café apenas cortado que me llevo al aula, dejo mi cartera y mis libros arriba del escritorio.  Miro el panorama. Acabo de leer a Badiou. Medito obscenamente acerca de la composición de alumnado.  Sopeso quiénes están pasando por la violenta experiencia del poder mortal de lo inmediato, quiénes están construyendo la manera de encumbrarse en el lugar apropiado del orden social existente, quiénes viven en el infierno, quiénes siguen apilando frustraciones en las barricadas de la apatía y me pregunto por dónde empezar. Reparo que la ventana que da hacia el patio no me permite ver el cielo ni los árboles que se hallan en el fondo.  Está tapada por una cortina o algo que quiere cumplir esa función. Les digo, señalándola, que la cortina de mi baño es más elegante. Se ríen y me dicen que la estufa no funciona y que la dichosa cortina no puede parar el viento. Les señalo el techo del aula: los listones metálicos se están cayendo.

Me quedó absorto mirando el pizarrón inservible. Ya ni con alcohol se puede borrar. No sé cuánto tiempo me quedé en silencio. Entonces me pongo a hablar a borbotones del formalismo ruso, de las condiciones de producción de escritura durante la revolución, de aquellos que quedaron afuera de la misma, de los disidentes, de la vida misma. Y hablé sin parar un largo tiempo no deteniéndome en explicar algunos conceptos que probablemente no entendieran ya que me dieron esa posibilidad, no me interrumpían, no hablaban entre ellos, ni tomaron sus celulares. Cuando me adentro en la literatura alguien pregunta qué hacer en este estado de las cosas. Les contesto que sería políticamente incorrecto decir lo que estoy pensando en ese momento. Otra vez dice “vamos profe, dígalo, queda acá”. Digo sin tanta reflexión que habría que dinamitar todo y empezar de nuevo. Ríen. Intercambiamos pareceres. Leo un párrafo de “La trama nupcial” de Eugenides, algo referido a los nervios que tiene el sujeto amoroso cuando siente que encontró a la persona indicada. Aplauden. Levanto el libro indicándoles el autor.  Vuelvo a sonreír en un aula después de mucho tiempo. Un alumno me pide el libro. Alguien me hace la pregunta que no esperaba: “profe, qué es escribir bien”. A ligeras contesto “encontrar tu propia voz”. Y me pongo a hablar de Wu-Tang Clan, del hip hop de los 90s, del productor de Bruno Mars (que no recordaba el nombre porque mi disco rígido anda lento), de los procedimientos de composición. Alguien grita “Mark Ronson” y agradezco la velocidad de lo señalado porque la clase sigue fluyendo.

Pero en un momento dado el espacio se transforma y paso a ser el interrogado. Y no estamos hablando precisamente de literatura. Hablamos del amor, del desamor y la pérdida. Saco de cartera Elogio del amor, un texto de conversaciones entre Badiou y Nicolas Truong. Y leo: “Pero el amor no puede reducirse a un encuentro, porque el amor es una construcción…un amor verdadero es aquel que triunfa en el tiempo, dura(ble)mente, a pesar de los obstáculos que el espacio, el mundo y el tiempo le oponen”.  Luego una alumna me pregunta “¿profe, usted está sólo o lo dejaron?”. Otro me pregunta “¿no tiene hijos?”. Y me doy vuelta. Miro nuevamente el pizarrón. La mierda, pasan los años y me vuelvo más transparente. Hasta un adolescente percibe mi estado. Pienso en todo esto que está ocurriendo milagrosamente, que  estoy recuperando el amor a mi profesión y que lo sentimental seguirá su curso. Y me muerdo los labios. Y  giro nuevamente y devuelvo la mirada al curso, sonriendo. Y no les digo nada acerca de la verdadera vida.

 

Munro, julio de 2018

 

Pablo Moreno

 

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Humo de Cattaneo

La industria cultural del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires decidió meter en una misma grilla a al trío IL DIVO (desafinaron de manera pareja), a Rick Wakeman (que no pude ver con una distancia objetiva porque forma parte de mi educación sentimental) y al dj Hernán Cattaneo. Digo dj. Exponente de la música electrónica me parece un mote exagerado. El concepto que unía las tres propuestas era que tocaban con orquesta. Es todo el criterio artístico que encontraron.

La previa de Cattaneo

 

Cattaneo empezó su set con el ya trillado efectismo de voces saturadas y mediatizadas por otros medios de comunicación (voz de radio), aquello que Floyd hizo un campo de experimentación que une canciones para tematizar un álbum. Lo cual no estaría mal si hay un hilo conductor en el dj set. Pero la cuestión se torna áspera si a eso se le agrega los acordes de Blade Runner de Vangelis.

La perfomance continuó con una muestra desabrida de easy listening sin ninguna emoción. La idea propia de la masividad en trance queda sepultada. Uno podía suponer que los bosques de Palermo permitían una rave mesurada. Pero nada de eso ocurrió. O al menos no me enteré porque me resultó soporífero. Cattaneo se atrevió a hacer un cover sin vuelo de Porcelain de Moby, tan tímida que quiso parecer a la versión original. Cerré los ojos. Aquel track de Play poseía (y aún posee) el encanto melancólico de fin de milenio.

Un par de temas más y sentí la pérdida de tiempo. Me preguntaba por qué Cattaneo en el Colón y luego Figueroa Alcorta y Dorrego, cuál es el campo de acción cultural para invertir en semejante desatino. Fue entonces, mientras me alejaba, escuchando esa música tan falta de riesgo, que era la banda de sonido perfecta de un vacío cultural. Música para ser olvidada, sin efecto residual, ni siquiera con la levedad siempre subestimada del pop

Los acordes de un sistema republicano decadente.

 

 

Pablo Moreno

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Melereanas: “Tecno”(2000). 1ra. parte

Primitivo

 

El 25 de septiembre del año 2000 Daniel Melero fue invitado al programa Todo por dos pesos[1] conducido por Mario y Marcelo (personificados por Fabio Alberti y Diego Capusotto respectivamente) para realizar una perfomance en vivo en un ficticio estudio ubicado en Miami, que era el espacio donde se desarrollaban los sketches. Los conductores presentan al músico en una suerte de revancha en relación a la participación del propio Melero con el grupo Los Encargados que ocurriera en B. A. Rock 82, cuyo set duró menos de 5 minutos:

Todo el mundo me lanzaba cosas. Sacamos del escenario treinta kilos de frutas. La gente me arrojaba su almuerzo. Que te agreda una multitud es una de las experiencias más tremendas que podés tener. ¡Y de manera tan unánime! ¡No había ninguno en desacuerdo!…teníamos un aspecto fabuloso porque bastó que saliéramos y antes de la primera estrofa de Necesidad la gente nos empezó a tirar de todo.[2]

 

La efectividad del acto reside en el conocimiento de la historia y la cultura rock, premisa que el propio Capusotto llevaría al extremo en su programa Peter Capusotto y sus videos. Si en 1982 el synthpop de Los Encargados no fue tolerado,  el desenlace del sketch es producto de la nueva propuesta técnica del sonido de Melero de aquella época, la perfomance de un sujeto con una computadora personal y rodeado de sintetizadores considerando como rock la usina tecno. Pura contemporaneidad. La discusión en torno a si la música de Melero es vanguardia cae en un saco vacío ya que aquello que exige es historicidad y contemporaneidad, la formación ligada a la información (el relato que construye el rock hacia el presente) es la posibilidad de construcción de una lírica vigente.[3]

La perfomance fallida de Melero en Todo por dos pesos dura la mitad de tiempo que aquella que hiciera con Los Encargados en el B.A.Rock 82. Melero bordeando la sobreactuación ejecuta Primitivo[4],  la tribuna no acepta la propuesta, desde algún del estudio le disparan con un rifle, los equipos estallan, Melero trata de continuar no puede finalizar ¿el concierto? ya que las hordas enfurecidas lo terminan linchando.

Los contextos cambian. No así la esencia conservadora del público de rock. La oportunidad de redimirse deviene en suicidio artístico. Y en este caso no hay nada más coherente que la perfomance no finalice.

El Djset es una anomalía en el panorama del rock argentino, el sample es robo, son las antípodas de la ejecución de un instrumento. Sin embargo el simple requiere de una sensibilidad que sólo puede encontrar su cauce en la propia historicidad del rock y del pop. Primitivo es una sumatoria de conceptos que confluyen en una declaración de principios:

Explicado/Coherente /Reflexivo /Replicado /Sugerente/Correctivo/Primitivo, primitivo, primitivo/Siemprenunca,fuisteprimitivo/Activado/Inherente/Decidido/Atrayente/

Terrorista/Constructivo/Primitivo

 

La voz, único instrumento no virtual de la canción, suena monocorde, reafirmando su concepción tecno, instalando una zona de ambigüedad en donde tiende a desaparecer el sujeto, un cronner en disolución (Siempre nunca, fuiste primitivo) atravesado por las nuevas tecnologías.

Ahora bien, Primitivo también instala nuevas concepciones de grabación en donde la tecnología abarata los costos de producción: ya no hay músicos, no hay instrumentos, los sonidos virtuales ocupan ese espacio en donde no hay lugar para la falla humana. La soledad del estudio portátil no difiere del bluesman con su guitarra y un grabador. Difieren los contextos, los paisajes, en el latido del beat respira la urbanidad y la globalización de un colectivo heterogéneo de acordes que provienen de Internet. Si el rock recuperaba (y recupera) la enunciación de sitios que pertenecían al tango (sobre todo en la pintura del paisaje de la ciudad), Primitivo propone una arquitectura de una modernidad “replicada” de conceptos y sonidos al alcance de todos. La cuestión es cómo construir esa información que aventuraría decir “ahistórica” ya que el material que baja de la red es puro presente. Que el resultado final  sea un tecno anclado el krautrock (más precisamente Kraftwerk) es producto de la propia formación histórica de Melero.

Reflexivo y explicado en la forma. Coherente, terrorista y constructivo en el contenido.

Primitiva es la estrategia de producción sin perder la coherencia artística.

El estilo es barato, es muy económico. El problema es seguir las tendencias, algo que es caro…hacer las cosas en el momento meno oportuno suele darte un crédito interesante en el transcurso del tiempo.[5]

 

 

Pablo Moreno

[1] https://www.youtube.com/watch?v=ZrfjcNdnFhc

[2] Ahora, antes y después, Daniel Melero y Gustavo Álvarez Núñez, pág. 79, Editorial Derivas, Buenos Aires, 2012.

[3] El tiempo que otros pasaron estudiando música, yo lo pasé escuchando discos. Más que formación diría que tengo información. Por eso creo que soy un oyente. Desde luego, siempre existió la libertad de encarar cualquier instrumento sin respetar la técnica. Lo que pasa que esto se hizo más visible en los últimos veinte años. Ahora, antes y después, pág. 53.

 

[4] Del álbum Tecno (2000), reedición en box set Cuadro (2012), Ultrapop

[5] Ahora, antes y después, pág. 28/29

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Las fulguraciones de Jorge Quiroga

(Sobre El que recuerda, de Jorge Quiroga, Instituto Lucchelli Bonadeo, 2017)

 

Si es cierto que el poema que inicia un libro introduce su tono, en este caso, el primer verso del primer libro de Jorge Quiroga (Cuaderno nocturno, 1991) da el tono, además del título, a sus obras reunidas.

Los de Jorge Quiroga no son poemas humanísticamente reflexivos sobre el mundo. Son de factura existencial porque su escritura brilla como pensamiento depurado y una visión perdida del mundo aparece, musical, sola, sin o con una noción de belleza.

Jorge Quiroga traduce o reproduce una incomunicabilidad. Algo no se puede decir. Hay una voluntad de abstracción en la persona que reviste emociones o ideas con palabras.Hay un misterio o magia verbal en sus poemas. Quizás porque donde hay manejo del lenguaje poético hay ambigüedad y confusión.

No hace falta hablar de programas ni de artefactos. Sus poemas son fulguraciones. Algo en su obra es ahistórico. Otra parte está cargada de sentido político. El exilio, los desaparecidos, la calle, la muerte. Una estética ciudadana. El ojo para lo social de Jorge Quiroga no deja de tener un enmascaramiento.Una adjetivación sutil de historias. Un misterio sensorial. Una sencillez escéptica.

José Fraguas: “La  poesía de Quiroga lejos de ver pasado en el futuro, encuentra en lo vivido, a través de los diferentes modos del recuerdo y del olvido pero también en la rica diversidad de miradas posibles, desde el registro objetivo al delirio, un material que relampaguea iluminando lo sentido, lo vivido y lo posible.”

Confesional, misteriosa, soterrada, difusa; en la poética de Quiroga el tiempo y su línea mutante son protagonistas ubicuos. Una indeterminación al servicio de la anécdota o la anécdota al servicio de la indeterminación. Son instantáneas urbanas que devuelven una metafísica del instante y de lo evanescente. Una prosa poemática, huidiza.

“Puedo, ya que no queda ningún indicio, mirar la lluvia detrás del patio. (…) Solamente los ojos parecen recordar. (…) Los ojos recuperan la vacilación que nos une con el sentido, lejanamente.” (Cuaderno nocturno, 1991)

Hay algo filoso, reflexivo pero al mismo tiempo imposible de razonar, que recorre las primeras estampas en prosa poética de su libro.

Luis Thonis: “Jorge Quiroga ha ido construyendo una poesía seca, empecinada, que desplaza el origen del lenguaje hacia un punto fijo donde entre fragmentos y relámpagos vuelven memorias y voces que se van haciendo audibles a medida que son más silenciosas.”

Jorge Quiroga propone un drama sin dramatismos. Un misterio sin empalagarse en lo misterioso. Es un poeta que usa el lenguaje a favor del asombro. Sus poemas persiguen el embrujo de lo evanescente.

Poemas de una lírica encriptada. Dichas por lo bajo, las emociones que trafican sus poemas tienen un tono crepuscular. Pero no hay regodeo en la tristeza ni decadencia. Hecha de preguntas y respuestas vedadas. Su escritura, enigmática, quiere retener lo que desaparece.

"El que recuerda". Jorge Quiroga

“El que recuerda”. Jorge Quiroga.

El libro incluye tres obras inéditas, La memoria infiel, La voz de Marta y Escenas del barrio. Es posible confirmar, en estos últimos poemarios,la coherencia estética en la transformación del fraseo de su voz y las constantes de su poética.

“En un cuaderno anotó todos los detalles de esos días, ahora no puede encontrar en los papeles ningún rastro que le permita decir, que ellos existieron, los nombres se borran y los recuerdos son inhallables. A veces se sorprende de los hechos que encuentra.” (La memoria infiel)

La obra de Quiroga supone una indagación sutil sobre el misterio del paso del tiempo y sobre lo evanescente.  “La vida nos empuja, y ahora/el olvido tal vez es imprescindible”, anota en La voz de Marta. En Escenas del barrio, los lugares aparecen, como fantasmas que se pasean y se instalan en el presente, en un rapto en la vigilia.

Hay algo vago y sosegado en sus poemas. No es tristeza sino desinterés por las referencias altisonantes. La delicadeza de operar con las emociones sin chantajismos sentimentales ni onanismos autorreferenciales. Es un poeta que escribe en y hacia el misterio del lenguaje. Hay un anhelo de plenitud en la conservación de lo efímero a través de las palabras y la memoria.

El que recuerda, de Jorge Quiroga, reúne las cinco ediciones de sus libros publicados, desde 1991 al 2015, incluye tres libros inéditos, una plaqueta del año 1969 y recupera dos poemas publicados en publicaciones periódicas. En sus páginas, las palabras recuperan la intensidad de lo vivido. No se trata simplemente de referir sucesos fechados sino de entremezclar remembranzas, impresiones, estados de ánimo, gestos, blasones, conexiones íntimas.

 

Javier Fernández Paupy

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Lo mató un guacho

Era una noche para salir. Los muchachos haciendo la previa en la casa de Silvana. Todos contentos para salir a bailar. Se hicieron la 1 AM. Salen todos para la joda. Llegan a las 2.15 y entran. Se cierra la persiana, ya no entraba más gente. En la puerta, un seguridad gordo y sin reacción. Continúa la fiesta. Pasan las horas. La fiesta a todo ritmo. Todos contentos pasándola bien.

Florida Oeste

Florida Oeste

A las 5.40 llega un pibe y quiere pasar. El seguridad no lo deja pasar y dispara un tiró al aire para intimidar al guacho. El pibe se va. Luego vuelve y le de cinco tiros al seguridad en el pecho. Se corta la fiesta. Se levanta la persiana. Todos corriendo sin entender nada, gritando, algunos llorando. Otros tratando de ayudar cuando llevan al seguridad al hospital. Ya estaba muerto.

Se sintió mucho dolor y angustia por un conocido del barrio que no pudo hacer nada.

Este asesinato dejó muy tocado al barrio.

 

Alan Palavecino