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Lo mató un guacho

Era una noche para salir. Los muchachos haciendo la previa en la casa de Silvana. Todos contentos para salir a bailar. Se hicieron la 1 AM. Salen todos para la joda. Llegan a las 2.15 y entran. Se cierra la persiana, ya no entraba más gente. En la puerta, un seguridad gordo y sin reacción. Continúa la fiesta. Pasan las horas. La fiesta a todo ritmo. Todos contentos pasándola bien.

Florida Oeste

Florida Oeste

A las 5.40 llega un pibe y quiere pasar. El seguridad no lo deja pasar y dispara un tiró al aire para intimidar al guacho. El pibe se va. Luego vuelve y le de cinco tiros al seguridad en el pecho. Se corta la fiesta. Se levanta la persiana. Todos corriendo sin entender nada, gritando, algunos llorando. Otros tratando de ayudar cuando llevan al seguridad al hospital. Ya estaba muerto.

Se sintió mucho dolor y angustia por un conocido del barrio que no pudo hacer nada.

Este asesinato dejó muy tocado al barrio.

 

Alan Palavecino

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Avenida de Mayo

Oculta la novela de H.P. en los pliegues del piloto negro bajo a la calle y el horror sobrevuela las montañas de la locura con alas de anfibio. Resistiendo el embate infernal de galernas impiadosas al pie de una muralla congelada por edades inmemoriales, doy vueltas en la nieve. Rodeado por el bullicio gradual que puebla la terraza del café despierto de sus visiones. El informe meteorológico retrajo este páramo silencioso, desértico. La tierra de la noche barrida tras un ceremonial insolente se extiende ante mí y la parada del 26 frente al parque será un punto tranquilo. Abro la petaca, fumo. Escucho el creciente rumor elevado de cánticos suplicantes morder las dormidas copas de los árboles, varios colectivos se alejan abarrotados de radiantes cargas invertidas, una retorcida lámina de Egon Schiele tiembla incómoda en el hall de un edificio aledaño. Bebo, fumo, bailo despacio, despiertan los espectros del parque y hago memoria. Recibo fantasmas de vetustos amigos desvanecidos como figuras de arena. Es suficiente. Levanto una mano, subo al 5 y bajo en Callao. Camino Avenida de Mayo hasta la puerta de un sucio hotel cruzando el Palacio Barolo. Acodado, sigo leyendo. "Avenida de Mayo" de Ariel ClericeHoy salí sin música y al principio fue raro pero escuché hablar al viento con los grillos y ahora oigo el descuidado murmullo de la gente entre las hojas. Llego. No permanezco más de dos, tres horas. Este sábado dejo flotando fugaz la intervención de un movimiento oscilante con How Soon Is Now? Estiro los brazos. Fools aparece al verme bloqueado por aquel acostumbrado vacío de no bailemos cerca del extraño. Comprueban a dónde llevo el tema y bajan las defensas reintegrando sus cuerpos distendidos. Los viernes soy un extranjero vestido de negro, pelo corto, recién afeitado, impecable, distante pero cerca, algo dispuesto. Sábado por la noche continúa la misma lluvia hasta llegar a las pistas donde giro tras giro con un vaso en la mano hago mi eclipse total de corazón. Antes de eso, más temprano, Emma. Comenté con Vanesa la idea de festejar nuestra Navidad a su vuelta de General Belgrano en enero. Lo comprende sin preguntas, al instante. Vane, mi B. F. F. Con ellos siempre risas, música, diálogo. Y la tormenta. Una tormenta espléndida revienta el cielo, esa opresiva cortina de tiza marina barre de las calles su violenta indiferencia medular. Botas aborcegadas, piloto corto a la rodilla y un paraguas de Cherburgo. Así camino Avenida de Mayo escuchando la blanca, fría, sonámbula voz de Catherine Deneuve. Junto a ella el resto palidece. Ah, Catherine. En algún lugar a salvo del olvido tu sonrisa breve, un talle de líneas anoréxicas, el abundante rubio demencial. Los ojos redondos, perfectos. ¿Cómo decirte adiós?. Bajo. Subo al escenario de mi columna habitual, bailo A Night Like This. Tranquilo. Pero sin el vaso y con menos alcohol en la sangre cuando pasan Never Let Me Down, combino rápido de cara a la pista distintos pasos en cadena hacia adelante, atrás, adelante, atrás. Nada fácil. La noche está llena de secretos.

 

Ariel Clerice

 

Avenida de Mayo. Ariel Clerice. Ascasubi Ediciones.2015

Arte de Tapa: Nacho Fernández Paupy

http://www.palabrasamarillas.blogspot.com

 

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Future days

Y la seducción en un instante termina
Cuando los días se tornan tan largos
Exceso de sol, vibrante atardecer
De promesas nunca formuladas.
Y me dejo abandonar en esa actitud,
Ese miedo tan emparentado con el frío.
Cuando deseo olvidarla, miro mis manos,
Llenas de memoria, de recorrer su cuerpo
A veces contenido, en tus sobresaltos
Susurrando mí nombre, embriagado en tu piel,
Feliz en ese espacio sin tiempo, breve, crepuscular.
Instantáneas de una juventud no vivida
Una ofrenda de frescura sin haber rezado una plegaria.
Y no puedo dejar de olvidarla
Será mi temblor

"Nouvelle vague" (Jean-Luc Godard, 1990)

“Nouvelle vague” (Jean-Luc Godard, 1990)

Será la ausencia que hace estragos
Será que los sueños se hacen añicos
En el fin de la audacia
En el fin del abrazo.
Los días futuros que se me antojan eternos
Un aprendizaje de rabiosa amnesia
Una medicina de la pérdida
Para acallar el dolor
Y que mis manos suelten
Lo que nunca pudo retener.

 

Munro, 15 de diciembre de 2015

 

Pablo Moreno

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“El pasado irreal”: la argucia de una poética de retazos


Los gatos deambulan
pacientes y se sumergen
desaparecen en la luz
como si sufrieran                   Poema 67

 

En este libro, la morosidad del tiempo, acompañada por el movimiento acompasado y leve de los gatos nos sumerge, como a los objetos esparcidos en el universo del poema, en la manifestación de la luz como “destellos”, como “reflejo” en la luna de los espejos, que se presenta atestiguando esa presencia devenida en fortalezas, en cobijas: lugares de encierro y protección.
La acción de aparecer y desaparecer, reflejar u opacarse, puede construir una visibilidad que es preciso quebrar para que un signo se desvíe hacia otro objeto, como si se cruzara un umbral.
Los umbrales que sortea la poética de Jorge Quiroga pertenecen a veces al mundo de lo cotidiano y otras, al mundo evocado en esa semipenumbra que existe entre pensar-vivir y recluirse-olvidar: distintas formas de enmascarar el miedo.
¿Miedo?
¿A la pérdida de lo humano por los vaivenes de la memoria? Miedo descrito como andenes, como bordes de un barrio que a pesar del paso del tiempo insiste en permanecer, en no olvidarse, en no irse definitivamente. Este es el encanto de la poesía, uno se queda en sus páginas como se quedan las palabras de un poeta, que agudiza su ingenio para tallar en los adoquines cada trozo de la experiencia vivida y vívida que no se atenúa por la presencia de “otras historias” entumecidas que acechan o de “un cielo que amenaza lluvia”. Hay un pasado del cual se habla y se pretende escapar aún en noches insomnes y aunque afuera haya un cielo que se desploma, hay que sobrevivir. Juntar los pedazos, construir con desechos los contornos que se desdibujan y sin embargo, están allí: la ciudad, la tarde, la infancia, la mujer.
A esta altura de la lectura vuelvo al título que lleva el libro y pienso en el pasado como la experiencia en el mundo que llamamos real y el acto de recordar como “volver a vivir”.
¿Irreal?
Recordar del latín “recordare” y del griego καρδία “kardía” (cf. it. “ricordare”), conformado por el prefijo “re-” – “de nuevo” y “cordare” que proviene de “cordis” – “corazón”, que es donde antiguamente se pensaba que yacían las facultades de la memoria. Entonces si recordar es traer a la memoria algo, no necesariamente ese algo es como era antaño, la evocación como un mundo irreal, se inscribe en el universo de la ficción.

 

Jorge Quiroga sonríe

Jorge Quiroga sonríe

Los poemas de Jorge Quiroga podrían pensarse como narrativos, ya se dejaba entrever esta argucia tanto en Cuaderno nocturno, como en Las otras historias, La casa abandonada o El puente suburbano.
Las palabras fijan instantes y objetos pero los trasladan a otro espacio que no se encuentra fácilmente, no es interioridad ni exterioridad, los objetos no están “esclavizados” por su función, son retomados y vueltos a significar en un recorrido que arroja un estilo, el quiroguiano, fuera del género o del canon convencional de la poesía.
Esos espacios quebrados operan como una suerte de bisagra o paréntesis entre lo que existe o ha existido en el mundo y aquello resignificado en ese otro espacio del poema.
Las imágenes que se presentan a contraluz confunden hasta el punto de no poder reconocer aquello que había sido atesorado y resguardado por la memoria durante un tiempo, como la ciudad, las terrazas, el aire, el humo de la estación y que de pronto irrumpen intempestivamente.
Con esas marcas sobre el cuerpo que se manifiestan como trazos en el plano de las hojas, se recortan involuntariamente o no, escenas de “pasos irregulares”, “dolores indebidos”, el contorno de un paredón que obstruye la mirada por momentos pero que, a veces fluye en paralelo y permite tender un puente entre los “sitios ignorados” de los cajones y los “ritmos que se acumulan”.
Los versos fracturados se balancean como los gatos y los instantes arman otra realidad, que también se balancea sobre los restos de botellas rotas en la vereda, sobre los retazos de una memoria saturada a veces, borrosa y huidiza otras, en la que:

El pasado es irreal
transpone
algún punto conocido
se hace oír en la pausa
nos interpela a cada instante. Poema 73
Buenos Aires, 20 de mayo de 2015

 
Ana M. Paruolo

 

El pasado irreal de Jorge Quiroga. Palabras Amarillas Ediciones.2015

http://www.palabrasamarillas.blogspot.com.ar

 

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Persiguiendo Palomas

12023245_10200907774493819_829435512_nEse sábado, a principio de las vacaciones de verano, había arreglado con una amiga para ir al cine. La esperé dos horas y jamás llegó. Me cansé y decidí ir a un Starbucks que estaba cerca a tomar un café. Mientras lo tomaba leía uno de mis libros favoritos que me había regalado mi abuela al cumplir los 4 años. Recuerdo su sonrisa al dármelo, en realidad siempre sonreía. También recuerdo la tragedia, el 17 de septiembre de 2003. Era mi cumpleaños. Estaba con mi hermana mayor, un par de amigos y mi tío. Habíamos ido a una plaza, yo corría, siempre lo hacía, seguía las palomas, me fascinaba verlas volar. Mientras mi tío recibió una llamada, de mi madre, mi abuela había fallecido. Paré de jugar, me senté en un banquito y comencé a llorar a horrores. Y hoy, estoy acá, sentada, con 16 años casi 17, narrando el por qué desprecio tanto mi cumpleaños.

 

Carolina Daniela Lanes

 

Carolina Daniela Lanes es alumna de 4º 4ª de la Escuela de Enseñanza Media Nº8, Florida.

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Del Rodney o de la intimidad de las mesas barnizadas

El bar de la calle Rodney

El bar de la calle Rodney

Llegar transpirada de frío ante un rectángulo de plástico con rostros ondulados; entrar a la pecera bajo la noche que se abre frente al paredón. Ese fue el flash de la llegada antes de las 10 de la noche, a la hora de la sopa. En el vórtice –si, vórtice- del local que opera de escenario, obturado por vasos birras platos que entran y salen de la barra, gravitantes entre nucas que no paran de pedir, los músicos. Rehenes del consumo direccionado de los quietitos. Todos tienen hambre, todos tienen sed, todos sentaditos vamos a comer. Son las 10 de la noche. El sonido parece negarse, chirriar oxidado en una voz que es solo boca de covers. Y si no lo son, podrían ser otra cosa. Tal vez. Pero parada desde el fondo lo performatico cubre la escena; ese lugar de maderas barnizadas titilantes ante el neón como espejitos de colores que te lleva a pedir una birra mas. Y otra. Las canciones van pasando, la preocupación de los músicos es notable. El baterista sacude sus rulos y parece ser un fauno en los ojos de los muertos. Desde el fondo su melena se confunde con montañas de papas fritas; la puerta lateral no deja de golpear. Me sumo a la calesita después de que termina la banda, y alguien me dice- falta luz blanca. Encontramos dos veladores en forma de flor, susurrando, como los de las casas de velatorios al lado de la parrilla a dos cuadras del Imperio, casi Álvarez Thomas. Hay algo en el brillo que parece no querer volver. De pronto, apretaditos en la esquina, del otro lado del vidrio. Rock viejita y las copas en el borde de la barra; otros coquetean en modo caloventor. Hay cuero también y la gente parece seria, con el rock al plato; con algo de nostalgia plastificada por los vientos que alguna vez chocaron frente al cementerio.

 

Sábado 12 de spetiembre de 2015

 

Nancy Gregof

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Antes de la primavera

Y la clase no encuentra su cauce. Oscar en un indisimulado fastidio dice “eso está en el libro”. Esto ya lo toqué antes, parece salir de su fraseo. Palabra escrita, discurso que ya no le pertenece, el texto habla sólo. Sí, proyectar las escrituras del porvenir. Pero hoy, Oscar, no traje tu libro y quizás sería un buen pretexto para arrojárselo a alguno por la cabeza para terminar con la obviedad. Un acto de pureza algo retrógrada, pero plena de punkitud. Estamos hablando de rock y en el tedio deberíamos usar otro lenguaje. Prefiero las barricadas de la apatía de mis estudiantes.
En el intermedio me voy a fumar un cigarrillo con Nancy G. Lleva un vestido negro y rojo a cuadros con estilo y se lo digo. Arroja el humo y me contesta que se vistió a las apuradas. Pienso “no debería haberte dicho nada”. También pensaba preguntarle si había desayunado, pero iba a sonar agresivo. Hablamos de poesía y le digo que me siento cómodo en la crónica, la palabra poética…trato de explicar como un mimo espástico, haciendo señas con mis manos, dando entender aquello que sale de mi interior. No me entiende porque me pregunta si estoy pensando en la timidez de mostrar mis versos. No, no los tengo, por supuesto que no se lo digo. Ni decir que sensibilidad y vulnerabilidad ya dejaron de ser conceptos y que me resuenan como un mantra.

Acassuso, otoño del 2012. Foto de Victoria Lori.

Acassuso, otoño del 2012. Foto de Victoria Lori.

Por suerte veo la silueta de Fernando B., inconfundible con su gorra, entrando al patio de Púan con un libro en la mano. Casi una iconografía pop. Y nos vamos a tomar un tazón de café con leche por Pedro Goyena. Hablamos del amor, de las demandas de ternura, de silencios, de la emotividad en la escritura. Tiene una particular manera de abordar las cuestiones, una voz cansina, susurrada, con una cierta musicalidad. Hay que entrar en ese rodeo para llegar al concepto. Disfruto la charla. Mojo una galletita en el tazón, no se desarma ni me lleva al pasado. Enciendo un cigarrillo. No pasan autos y se siente la brisa de los árboles. El último fulgor de la tarde se refleja en la vidriera del bar.
Fer sonríe, supongo que sobran las palabras. Es el fin del otoño.

 

 

Buenos Aires, 6 de septiembre de 2015.

 

Pablo Moreno