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Felicidad


El odio lo tengo empastillado
en mis mañanas
ante un desayuno
azul bálsamo
de módulos entresoñados
apenas, precaria alegría
bajo una espera incierta.

 
Fernando Bonfiglio y Pablo Moreno

 

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El tiempo es tardanza

En la memoria guardás las estaciones
en las que fuiste vos por primera vez
como en una tela de araña microscópica.
La soledad era una vaca ciega en medio del campo.
Quizás porque los calendarios nunca sospechan los días
despertaste soñando que soñabas
que encontrabas un grano de merca en el mar.
El circo vendió leones, perros, gallinas,
caballos y una yunta de bueyes capados
a un rancho pobre en Oberá.

 

 

¿Tenías miedo de dejar de ser el que eras?
La temeraria iglesia siempre inmóvil y alrededor
miles de teléfonos autistas sonaban para nadie.
Unas gotas caían sobre una superficie
plana y parecía una canilla mal cerrada
que confundiste con la voz de tu padre
muerto desde hace una década infame
murmurando algo débilmente al ritmo
de unos golpes imprecisos como gotas
de lluvia que estallaran sucesivamente
contra el suelo de baldosas grises.

 

Javier Fernández Paupy

Javier Fernández Paupy

Si desconfiabas de la sinceridad tuerta
de los demás y de sus buenas intenciones,
de la idea de uno mismo como producto
social o incluso si la usura de los días
te resultaba grosera y evitabas a los que
alguna vez habían sabido cómo alegrarte
(lo que no es poco, porque ya querría
el titiritero aquel tener la gracia de su muñeco)
fue porque no querías estar en la escucha
de nadie. Porque además, pensabas,
no hay pared por silenciosa que sea
que pueda vivir la vida por nosotros.
Las paredes tienen la ventaja de no hablar.
Y si vos desconfiabas de las emociones fuertes,
de los nervios en el estómago, del desprecio
de los años y de las llamadas inesperadas
que no soñaban los teléfonos.
Y no porque necesitaras conversación
memoria o tiempo ajeno encapsulado.

 

 

A la noche cantó un grillo o unos chicos
lloraron cuando encendiste la llave del gas
para preparar café y espantar a un mosquito.
Las noticias del día anterior todavía flotaban
estúpidas en tus retinas entre miles de silencios
acusados de hipnosis y absortas de inanidad.
Los líderes políticos a la vinagreta
a esa hora maceraban sus venganzas
en las portadas de las revistas.
Picaba una guerra de nervios, sin embargo,
incluso, competitividad y confabulación
seguían siendo resabios de la vida moderna.

 

 

El tiempo es, decías, y había que aceptarlo.
Como cambiar de trabajo, las sábanas, de tema
o la radio, como los días y los planes de una vida
que no se puede cambiar de lugar en la memoria.

 

 

Sonreíste durante la cena y el universo conspiró a tu favor
entre noticias, ondas radiales y estados de ánimo
torrenciales. Llovía parejo y el aire acondicionado
transformaba la temperatura en frío artificial
con el repiqueteo de las gotas sobre el patio
tapado de hojas como un ritmo de fondo
y el perro que dormía entre paredes
cubiertas de imágenes mientras la lluvia
paralizaba el reflejo del día nublado
y sonaba tu respiración fuerte
y la de un zorro cazador de plumas
que ya casi no podía vivir.

 

 

 
Javier Fernández Paupy

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Al filo del tiempo. Sobre “El pasado irreal” de Jorge Quiroga

    De nada puedo hablar o pensar si no es existencia, estado, y no es existencia lo que nunca estuvo en mi sensibilidad como imagen o afección.
Macedonio Fernández

 

¿En qué consiste la irrealidad del pasado a la que hace referencia el título del último poemario de Jorge Quiroga? ¿Es irreal porque es construido y por eso inventado y quizás literario? ¿Será real entonces el presente? O se tratará más bien de un tiempo verbal nuevo, un pretérito que no es perfecto ni imperfecto sino irreal. Quiroga no da una respuesta o da muchas y logra que la poesía hable como ella sabe de cosas como el tiempo, el espacio y la memoria.

 

Jorge Quiroga lee a un poeta italiano

Jorge Quiroga lee a un poeta italiano

Para Quiroga el pasado es un conjunto de fragmentos que como los trozos del vidrio roto de la ventana de la cocina que aparece en uno de sus poemas: “se mantienen en un equilibrio inestable / pueden lastimar / o quedarse inmóviles”. Y su poesía explora con sobriedad porteña los bordes dentados del fragmento: “Los restos tienen una fuerte atracción”, la recurrencia de lo que no está y sin embargo persiste negado con inquietante intensidad: “Teresa está en algún lado de la casa / y ya no dirá lo sabido / porque no espera en la puerta / como siempre”.

 

La percepción tiene sus tiempos. Al mirar involuntariamente, poco antes de dormir o medio ya sumergiéndose en el sueño, se capta algo, de súbito y tan solo un instante: “Hay un momento/ que esa presencia / asoma prendida / por alguien / que entorna una puerta / estremecida y solitaria”. También en la morosidad del recién despierto aparece una mirada nueva que se detiene en la actitud de los muebles o el modo en que entra la luz a la habitación de siempre.
Soñadores, insomnes, locos, videntes y alucinados pueblan la poesía de Quiroga. “Qué ve que nosotros no vemos”, es el primer verso de uno de los poemas. En lo no dicho, lo presentido, lo sospechado, lo silenciado parece haber algo más significativo que cualquier afirmación directa pero esa huidiza verdad solo permite ser entrevista, rodeada.

El pasado irreal

El pasado irreal

El pasado irreal efectúa también un asedio poético de los espacios, privados y públicos, íntimos y compartidos así como de las fronteras más o menos borrosas que los separan. Hay una exploración recurrente de los lugares, la ciudad, las calles, la casa, la habitación. Desplazarse por la vereda es como pensar, hablar o escribir. A veces se camina sin sentido como quien divaga pero también se toma contacto con el afuera, con los otros a los que se observa y registra. En algunos textos las individualidades se diluyen en un conjunto de siluetas: “se aglomeran en la calle estrecha/ todo tipo de vagos”. Pero de vez en cuando alguien recibe una luz cenital que lo vuelve personaje, una nena que juega sola, un anciano que se protege del sol. Hay algo de Van Gogh en el modo en que son retratados esos seres, por las pinceladas espesas pero también por la capacidad de entrever y mostrar su pulso interior. Alcanzan dos palabras para definir a un personaje, “maestro insólito”, por ejemplo.

 

Hace siglos un poeta español afirmó que ante la fugacidad del tiempo, si juzgamos sabiamente, “daremos lo no venido por pasado”. La poesía de Quiroga lejos de ver pasado en el futuro, encuentra en lo vivido, a través de los diferentes modos del recuerdo y del olvido pero también en la rica diversidad de miradas posibles, desde el registro objetivo al delirio, un material que relampaguea iluminando lo sentido, lo vivido y lo posible.
José Fraguas

 

El pasado irreal de Jorge Quiroga. Palabras Amarillas Ediciones.

http://www.palabrasamarillas.blogspot.com.ar

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Imposible decir el lenguaje que somos

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Imposible decir
el lenguaje que somos
en esta foto. La figura que comporta
la externa impresión
de nuestra alegría.

Aunque la abuela se cuente a sí misma

al mirarme
toda mi memoria
se remonta a sus manos.

 

IV

Aunque narrar la impresión no delate
ese silencio, sino apenas,
un efecto de ficción
que nos devuelve la mirada:
claridad quitándole
a los ojos muerte.

 

 

XI

Todo ese futuro construido antes que todo

Fernando Bonfiglio

Fernando Bonfiglio

no explica
la imagen que nos devuelve una mirada
en la confusión de ese deseo.

Miralo a Leo, Fer, cómo se reía…
Mirá tu dientes.

 
XIII

La relación del fotógrafo es con su técnica; pero no era
sólo con ella
y mi madre lo sabía
aunque también lo ignoraba.

Mamá, al encuadrar la foto, ¿qué encuadra?

 

XVI

Y el intuir en ese gesto

"Mamá sacó una foto" (Ascabusi ediciones)

“Mamá sacó una foto” (Ascabusi ediciones)

la tristeza en un álbum de fotos,
durante treinta, cuarenta años
la intimidad de un archivo.
Ahorrar, trabajar, callar

bañarse.
Silencio.

 

XXIII

Una sombra color negro-anaranjada,
mi recuerdo en sus manos.

Para terminar de ver
creo que veo

para empezar a ver

 

Fernando Bonfiglio

 

Fragmentos de Mamá sacó una foto de Fernando Bonfiglio. Ascabusi ediciones.

Arte de tapa: Alejo Moguilevsky.

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Sobre “Dylan en el desierto”, de Marco Castagna

 

“El cine será íntimo o no será”, dijo Trauffaut: si Dylan en el desierto quisiera ser película, sería parte de ese género introspectivo, testimonial, confesional y declaratorio.tapa DYLAN EN EL DESIERTO Marco Castagna

Del lado de todo lo que no es estilo, el libro se vertebra en la experiencia de la ciudad, o mejor, la mudanza, el traslado desde una llanura provinciana a una geografía urbana, suelo metropolitano en el que crecerán amores, comienzos, partidas, saberes o amistades. Se trata de una vivencia, por un lado, uniforme: empujada hacia adelante por el repertorio de los imperativos educativos –el fin de los estudios secundarios, el comienzo de la universidad y los cursos que diseñan la rutina; en otro sentido, disruptiva, porque Dylan en el desierto concentra dentro de sí tiempos alargados donde, como en un germinador, crecieron raíces que, trepando hasta el tope del frasco para respirar, se atoscaron en el algodón que a la vez les servía de protección. estas raíces son, de vuelta, variopintas, y no se dejan capturar en una sola forma o tema.

 

No Direction Home, pensó Scorsese sobre Dylan, que es también la deriva de Castagna en este texto (sin domicilio establecido, en la ruta o en la calle, o, mejor dicho, en la calle como en la ruta: viajando). El título de alguna manera lo anuncia y es un hecho: pueden encontrarse, en el poemario, reminiscencias de la filosofía de dylan, de ese pensamiento de la llegada –sin partida, o de la llegada partida, dividida por una pertenencia vacilante e insegura.

 

dylan en el desierto foto interiorEn el medio de todo, un registro intenso, matizado, lleno de modos y vagabundo. Si el desierto es el territorio de la deriva, donde no se advierte el límite o la frontera, está, entonces, indefinido, y es esta misma característica la de la voz de estos poemas: por definiciones, hay cortes abruptos; no hay establecimiento, sino quiebres sintácticos que coinciden con cambios de escenas y secuencias; en vez de tener títulos, los poemas se resisten a la nominalización y comienzan sin señales. El derrame descriptivo es cuidadoso, pero no premeditado, de manera que las cesuras pueden volverse un continuo, recordando la textura ondulada de las arenas del desierto.

 

Los judíos, buscando la tierra prometida, vagaron cuarenta años desde el escape de egipto; T. H. Lawrence, volviendo a buscar a un compañero amado, enloqueció entre las tormentas del desierto arábigo; Anne-Marie Schwarzenbach alucinó con ángeles redivivos en las arenas tórridas de persia. Dylan en el desierto comparte, con aquellos parajes, la privación, la ausencia de coordenadas y la fatiga de quien ha olvidado su brújula y no distingue en frente suyo más que un horizonte disuelto. El desierto de estos poemas no es climático o geográfico, pero, para atravesarlo, hace falta un turbante.

 
Nicolás Caresano

Para leer fragmentos de Dylan en el desierto, de Marco Castagna:

http://palabrasamarillas.blogspot.com.ar/2015/02/dylan-en-el-desierto-por-marco-castagna.html

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¿Qué es la poesía para Camilo Sce?

El amor es una cachiporra de polic+¡a y otros poemas, Camilo SceLos veintiséis poemas de El amor es una cachiporra de policía (Milena Caserola, 2014), de Camilo Sce, demoran a sus lectores en una reflexión paradojal sobre nuestra época. Conviven, en inusual armonía, ficciones distópicas de zombies suburbanos con narraciones verticales atravesadas por un lenguaje atento a lo coloquial de tono autorreferencial, lúdico y confesivo. Su olfato apocalíptico devuelve, como si el autor sufriera las influencias de sus experiencias personales, el encanto de un carácter. Sus versos epigramáticos son mosaicos de una actualidad sutil y abismal. El epígrafe del libro, una cita de Robert Creeley, remite a un dilema que atañe a los poetas: ¿qué es la poesía? Como si Creeley respondiera con esta última frase: “No sabrían que alguien es una mujer si no tuviera puesto un vestido.”

Los de Sce son poemas pero no son poemas de la poesía porque no trasuntan solemnidad ni trafican reflexiones sin vida sobre el propio lenguaje. La fraseología del poeta devuelve el tembladeral de su sensibilidad. Se trata de una poesía idiomática que deshace las frases hechas. Poemas de intensidad oral. No es extraño que el Slam Argentino de Poesía Oral haya publicado 002 Camilo Sce en el año 2011. No son poemas herméticos, el acierto de Sce es la sencillez. El poeta no se ufana de ser una antena que sintoniza con sentidos ambiguos, sino que se permite nombrar lo obvio.

Camilo Sce

Camilo Sce

Hay poetas económicos que en sus poemas incluyen los nombres de ministros de economía en jerga escanciada para congraciarse con el status quo. Hay poetas políticos que mencionan sin pudor a la clase dirigente de turno. Hay poetas de la actualidad, éstos quizás sean son los peores, que se empecinan en agenciar nombres de personas que remiten a un presente siempre inactual o vencido para establecer una posible complicidad. Los poemas de Sce destilan una actualidad por lo bajo sin remitir arrebatadamente a la fugitiva contemporaneidad. En algunos casos son paranoias tecnológicas que insinúan el malestar de una época. El poeta mira y anota: “un amigo deja su hogar,/ otro se separa.”; “hace un mes que vivo sin casa/ desde que me fui de la tuya.” De la serie No se ría: “puedo orbitarte distraído,/ chocándome con todo el mundo con mi tambaleo/ descuidado, sin sacarte los ojos de encima,/ como si, posta, equivaliera a brazos la mirada.” Expresiones, modismos y una respiración oral hacen de sus poemas un largo recitado. Adolescencia, quizás el mejor poema del libro, da cuenta de una escritura que viene de las experiencias personales, transcripción pura de visiones de un recorrido vital; a un poeta hay que juzgarlo por sus mejores versos, esta cima de la lengua y la poesía popular argentina que inventó Sce, merece ser leída.

 

Javier Fernández

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Nieva en Moscú

Informe sobre Moscú / Los pterodáctilos, José Sbarra. Palabras Amarillas Ediciones, 2013.

Ilustración de Ignacio Fernández Paupy

Ilustración de Ignacio Fernández Paupy

I – Informe sobre Moscú

Un informe que es el relato de un agotamiento, se cuentan dos o más historias, un cuerpo se somete a los excesos de la droga, un film que no se inicia, y lo extraño de estar fuera de lugar, un amor que se desgarra, frases que se van acoplando, a la manera de un diario escrito a medias, con la reiteración que forma un relato inmóvil.
En la conferencia de prensa en Moscú, es como si hubiera mundos superpuestos, en el que simula ser un escritor inteligente, cuando en verdad el pensamiento está depositado en esa aguja para el opio brillante y placentero.
Continuamente hay realidades entrelazadas en un rodaje que no existe.
Como si no se entendieran las palabras. Las pruebas de una identidad argentina que defrauda.

La nieve de Moscú, en su tristeza autodestructiva, sin dejar el sueño, es una apelación a dejarse llevar por el tiempo, y el viaje es una desestructuración que conduce, una y otra vez, a un abismo inevitable.
Ingenuo y obvio, al unísono, Sbarra seguramente verbaliza, un sentimiento sin raíces, por el cual no puede dormir.
El suicidio ronda esa reflexión sin centro.

Buenos Aires/Moscú: dos puntos extremos de ese desasosiego, ¿ quedarse allí o volver ?¿por qué el retorno se hace imposible? No entender nada, dialogar sin ninguna prevención. Desde la ventana se ve ese paisaje, nevado y moscovita, donde un viejo arrastra su trineo.

Dice Sbarra: “Sé que soy cruel con los que amo, sobre todo cuando siento que me dejaron de amar”. Quizás ese sentimiento a flor de piel, encubre una mirada a un país extraño, de planicies heladas, paseos al borde del mar o del bosque, y la traducción que traiciona, y los simples y estúpidos gestos del extranjero. Leningrado, San Petesburgo son ciudades imaginarias.
Un pintor amigo les da unos hongos, y esto le permite, a la vez que se confiesa, tener una historia sexual pasajera, que le hace recordar el sin sentido de dejar simplemente una huella.
Volver a Moscú, y trabajar en el guión del film, concurre a una fiesta ruidosa y cirquera, estos también son gestos banales. En Nochebuena pasea solo por las calles de la ciudad, encontrándose con los habitantes.

Sbarra escribe una carta, un diálogo, un diario. Una teatralización de su amor, un tango del abandono.
Habla por teléfono a Buenos Aires, sin entera libertad, porque su tarea es la de un escritor profesional, y el relato de las diferentes drogas es una constante, una forma de marearse.

La nieve es otra persistencia, al igual que cierto desapego implícito, por el cual quedarse o irse es lo mismo. “Últimos días en Rusia. Está nevando Si regreso en verano me va a ser imposible”.

Fue a Rusia a filmar Marc, la sucia rata y todo se vuelve una circunstancia olvidable, y sólo un recuerdo termina siendo, ese país y la película, que pronto .comenzará su realización.
El capitalismo triunfó, todo se vino abajo, y la Rusia soviética no existe más. El derrumbe instaló su lógica, el mundo es otra cosa desde ese momento.
Las cosas se agotan al mismo tiempo, también el amor, una carta con el estilo de los que dejan de amar actúa como una señal. ¿Se trata de una parábola, o del viaje perfecto para desentenderse de una situación extrema?
Sobre los cielos el avión regresa, poco es lo que recuerda, de esa experiencia, que alguna vez termina. Como si el relato fuera un círculo, o algo que se inicia, pero se desconoce.
Texto de un viaje a la lejanía, a lo remoto, doblemente frustrado, por el “peso de la historia agonizante (¿simple alegoría obvia?) por un amor que muere, se muestra la vida frágil.
Escrito con la displicencia de quien sabe el final, o de la pasión que quiere simularse intensa, un drama personal clausura el informe, pronunciando, de alguna manera palabras de despedida.
Hay que convencerse de ese doble naufragio, en el helado mar de la planicie moscovita, que únicamente sirve como recuerdo.

II – Los pterodáctilos

José Sbarra

José Sbarra

La invención o el desvío de esos animales, raras aves que surcan los cielos inverosímiles con sus extrañas figuras, que sobreviven y se pierden en eñ horizonte.
Las parejas absolutamente fieles, y que encierran esa fidelidad, toda vida posible, deambulan y mueren estos seres en el mismo lugar, donde cayó su compañera, como muestra indeleble de amor.
Ella lo ama y el lo sabe, la unión entre ellos e una perenne “Volar hambrientos pero juntos”, es una fascinante aventura, un ser valiente, con su estrafalaria forma de planear desciende, ella lo ama a pesar de todo y por todo.
Los dos vuelan , sobre los volcanes, con la elegancia que despierta´ en ellos
el estar juntos, su vuelo se acompaña con el espacio lunar, donde la tierra es un planeta desolado y volcánico, entre nubes doradas, sus cuerpos entran en la turbulencia sinfónica del tiempo.
Cuando la pterodactila cae a pico sobre la arena, como un rayo que se desprende del cielo, ante la presencia de la muerte o la caída, el ave se sorprende o se encandila de dolor, y ya no puede mirar más, y la pena lo aísla en la búsqueda, el abismo lo arrastró a su desesperación.
Por eso revolotea, y cree encontrar en el mar, leve rumor de viento.
Cuando lo hacían juntos, uno más abajo, el otro un poco más arriba, todo era un aliento del aire, un suave desprendimiento, ahora nada es igual, los volcanes e refractan en su cuerpo, y es como si los dos planearan ese paisaje que se disuelve en sus alas, pero eso no es cierto.

Vive para buscarla, como si la pudiera encontrar, en es raudo deslizamiento de las cosas en el sueño, que nos abandona, y nos hace decir, que hay alguna forma de eternidad, esta desaparece al sobrevolar los senderos volcánicos.
Uno al lado del otro, cruzaban el cielo, en la calma que los envolvía, en el aterrizaje, en esos campos dorados de una belleza insostenible.
La procura es incesante, e ignora la muerte, en la soledad de un campo minado e infinito. El fragmento de placer, que nunca se quiso mirar, refleja el cielo.
El pterodáctilo pasa por allí, ocultando su dolor. Un mismo cuerpo, una misma intención, es el volar de dos seres que se quieren, que no admiten ese horror de lo siniestro.

En el lugar encontrará a su compañera, como si el tiempo, fuera un alud que se detiene. La ingenuidad ronda nuestro destino, o lo que nos queda pata seguir viviendo. Aquello que se ve o es ella, su cadáver fosilizado no es lo que busca, como si ignorar fuese un presagio.
El ave fantástica deambula por rl espacio, y cae en picada, recuperando su cuerpo en el vuelo nocturno y de contrastes luminosos.
¿Una fábula de amor o una despedida que se comparte? Sbarra tiene varias maneras de contar la misma historia, lo que se pierde, o lo que nunca repetimos de una imagen.

Jorge Quiroga