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Persiguiendo Palomas

12023245_10200907774493819_829435512_nEse sábado, a principio de las vacaciones de verano, había arreglado con una amiga para ir al cine. La esperé dos horas y jamás llegó. Me cansé y decidí ir a un Starbucks que estaba cerca a tomar un café. Mientras lo tomaba leía uno de mis libros favoritos que me había regalado mi abuela al cumplir los 4 años. Recuerdo su sonrisa al dármelo, en realidad siempre sonreía. También recuerdo la tragedia, el 17 de septiembre de 2003. Era mi cumpleaños. Estaba con mi hermana mayor, un par de amigos y mi tío. Habíamos ido a una plaza, yo corría, siempre lo hacía, seguía las palomas, me fascinaba verlas volar. Mientras mi tío recibió una llamada, de mi madre, mi abuela había fallecido. Paré de jugar, me senté en un banquito y comencé a llorar a horrores. Y hoy, estoy acá, sentada, con 16 años casi 17, narrando el por qué desprecio tanto mi cumpleaños.

 

Carolina Daniela Lanes

 

Carolina Daniela Lanes es alumna de 4º 4ª de la Escuela de Enseñanza Media Nº8, Florida.

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Del Rodney o de la intimidad de las mesas barnizadas

El bar de la calle Rodney

El bar de la calle Rodney

Llegar transpirada de frío ante un rectángulo de plástico con rostros ondulados; entrar a la pecera bajo la noche que se abre frente al paredón. Ese fue el flash de la llegada antes de las 10 de la noche, a la hora de la sopa. En el vórtice –si, vórtice- del local que opera de escenario, obturado por vasos birras platos que entran y salen de la barra, gravitantes entre nucas que no paran de pedir, los músicos. Rehenes del consumo direccionado de los quietitos. Todos tienen hambre, todos tienen sed, todos sentaditos vamos a comer. Son las 10 de la noche. El sonido parece negarse, chirriar oxidado en una voz que es solo boca de covers. Y si no lo son, podrían ser otra cosa. Tal vez. Pero parada desde el fondo lo performatico cubre la escena; ese lugar de maderas barnizadas titilantes ante el neón como espejitos de colores que te lleva a pedir una birra mas. Y otra. Las canciones van pasando, la preocupación de los músicos es notable. El baterista sacude sus rulos y parece ser un fauno en los ojos de los muertos. Desde el fondo su melena se confunde con montañas de papas fritas; la puerta lateral no deja de golpear. Me sumo a la calesita después de que termina la banda, y alguien me dice- falta luz blanca. Encontramos dos veladores en forma de flor, susurrando, como los de las casas de velatorios al lado de la parrilla a dos cuadras del Imperio, casi Álvarez Thomas. Hay algo en el brillo que parece no querer volver. De pronto, apretaditos en la esquina, del otro lado del vidrio. Rock viejita y las copas en el borde de la barra; otros coquetean en modo caloventor. Hay cuero también y la gente parece seria, con el rock al plato; con algo de nostalgia plastificada por los vientos que alguna vez chocaron frente al cementerio.

 

Sábado 12 de spetiembre de 2015

 

Nancy Gregof

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Antes de la primavera

Y la clase no encuentra su cauce. Oscar en un indisimulado fastidio dice “eso está en el libro”. Esto ya lo toqué antes, parece salir de su fraseo. Palabra escrita, discurso que ya no le pertenece, el texto habla sólo. Sí, proyectar las escrituras del porvenir. Pero hoy, Oscar, no traje tu libro y quizás sería un buen pretexto para arrojárselo a alguno por la cabeza para terminar con la obviedad. Un acto de pureza algo retrógrada, pero plena de punkitud. Estamos hablando de rock y en el tedio deberíamos usar otro lenguaje. Prefiero las barricadas de la apatía de mis estudiantes.
En el intermedio me voy a fumar un cigarrillo con Nancy G. Lleva un vestido negro y rojo a cuadros con estilo y se lo digo. Arroja el humo y me contesta que se vistió a las apuradas. Pienso “no debería haberte dicho nada”. También pensaba preguntarle si había desayunado, pero iba a sonar agresivo. Hablamos de poesía y le digo que me siento cómodo en la crónica, la palabra poética…trato de explicar como un mimo espástico, haciendo señas con mis manos, dando entender aquello que sale de mi interior. No me entiende porque me pregunta si estoy pensando en la timidez de mostrar mis versos. No, no los tengo, por supuesto que no se lo digo. Ni decir que sensibilidad y vulnerabilidad ya dejaron de ser conceptos y que me resuenan como un mantra.

Acassuso, otoño del 2012. Foto de Victoria Lori.

Acassuso, otoño del 2012. Foto de Victoria Lori.

Por suerte veo la silueta de Fernando B., inconfundible con su gorra, entrando al patio de Púan con un libro en la mano. Casi una iconografía pop. Y nos vamos a tomar un tazón de café con leche por Pedro Goyena. Hablamos del amor, de las demandas de ternura, de silencios, de la emotividad en la escritura. Tiene una particular manera de abordar las cuestiones, una voz cansina, susurrada, con una cierta musicalidad. Hay que entrar en ese rodeo para llegar al concepto. Disfruto la charla. Mojo una galletita en el tazón, no se desarma ni me lleva al pasado. Enciendo un cigarrillo. No pasan autos y se siente la brisa de los árboles. El último fulgor de la tarde se refleja en la vidriera del bar.
Fer sonríe, supongo que sobran las palabras. Es el fin del otoño.

 

 

Buenos Aires, 6 de septiembre de 2015.

 

Pablo Moreno

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Felicidad


El odio lo tengo empastillado
en mis mañanas
ante un desayuno
azul bálsamo
de módulos entresoñados
apenas, precaria alegría
bajo una espera incierta.

 
Fernando Bonfiglio y Pablo Moreno

 

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El tiempo es tardanza

En la memoria guardás las estaciones
en las que fuiste vos por primera vez
como en una tela de araña microscópica.
La soledad era una vaca ciega en medio del campo.
Quizás porque los calendarios nunca sospechan los días
despertaste soñando que soñabas
que encontrabas un grano de merca en el mar.
El circo vendió leones, perros, gallinas,
caballos y una yunta de bueyes capados
a un rancho pobre en Oberá.

 

 

¿Tenías miedo de dejar de ser el que eras?
La temeraria iglesia siempre inmóvil y alrededor
miles de teléfonos autistas sonaban para nadie.
Unas gotas caían sobre una superficie
plana y parecía una canilla mal cerrada
que confundiste con la voz de tu padre
muerto desde hace una década infame
murmurando algo débilmente al ritmo
de unos golpes imprecisos como gotas
de lluvia que estallaran sucesivamente
contra el suelo de baldosas grises.

 

Javier Fernández Paupy

Javier Fernández Paupy

Si desconfiabas de la sinceridad tuerta
de los demás y de sus buenas intenciones,
de la idea de uno mismo como producto
social o incluso si la usura de los días
te resultaba grosera y evitabas a los que
alguna vez habían sabido cómo alegrarte
(lo que no es poco, porque ya querría
el titiritero aquel tener la gracia de su muñeco)
fue porque no querías estar en la escucha
de nadie. Porque además, pensabas,
no hay pared por silenciosa que sea
que pueda vivir la vida por nosotros.
Las paredes tienen la ventaja de no hablar.
Y si vos desconfiabas de las emociones fuertes,
de los nervios en el estómago, del desprecio
de los años y de las llamadas inesperadas
que no soñaban los teléfonos.
Y no porque necesitaras conversación
memoria o tiempo ajeno encapsulado.

 

 

A la noche cantó un grillo o unos chicos
lloraron cuando encendiste la llave del gas
para preparar café y espantar a un mosquito.
Las noticias del día anterior todavía flotaban
estúpidas en tus retinas entre miles de silencios
acusados de hipnosis y absortas de inanidad.
Los líderes políticos a la vinagreta
a esa hora maceraban sus venganzas
en las portadas de las revistas.
Picaba una guerra de nervios, sin embargo,
incluso, competitividad y confabulación
seguían siendo resabios de la vida moderna.

 

 

El tiempo es, decías, y había que aceptarlo.
Como cambiar de trabajo, las sábanas, de tema
o la radio, como los días y los planes de una vida
que no se puede cambiar de lugar en la memoria.

 

 

Sonreíste durante la cena y el universo conspiró a tu favor
entre noticias, ondas radiales y estados de ánimo
torrenciales. Llovía parejo y el aire acondicionado
transformaba la temperatura en frío artificial
con el repiqueteo de las gotas sobre el patio
tapado de hojas como un ritmo de fondo
y el perro que dormía entre paredes
cubiertas de imágenes mientras la lluvia
paralizaba el reflejo del día nublado
y sonaba tu respiración fuerte
y la de un zorro cazador de plumas
que ya casi no podía vivir.

 

 

 
Javier Fernández Paupy

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Al filo del tiempo. Sobre “El pasado irreal” de Jorge Quiroga

    De nada puedo hablar o pensar si no es existencia, estado, y no es existencia lo que nunca estuvo en mi sensibilidad como imagen o afección.
Macedonio Fernández

 

¿En qué consiste la irrealidad del pasado a la que hace referencia el título del último poemario de Jorge Quiroga? ¿Es irreal porque es construido y por eso inventado y quizás literario? ¿Será real entonces el presente? O se tratará más bien de un tiempo verbal nuevo, un pretérito que no es perfecto ni imperfecto sino irreal. Quiroga no da una respuesta o da muchas y logra que la poesía hable como ella sabe de cosas como el tiempo, el espacio y la memoria.

 

Jorge Quiroga lee a un poeta italiano

Jorge Quiroga lee a un poeta italiano

Para Quiroga el pasado es un conjunto de fragmentos que como los trozos del vidrio roto de la ventana de la cocina que aparece en uno de sus poemas: “se mantienen en un equilibrio inestable / pueden lastimar / o quedarse inmóviles”. Y su poesía explora con sobriedad porteña los bordes dentados del fragmento: “Los restos tienen una fuerte atracción”, la recurrencia de lo que no está y sin embargo persiste negado con inquietante intensidad: “Teresa está en algún lado de la casa / y ya no dirá lo sabido / porque no espera en la puerta / como siempre”.

 

La percepción tiene sus tiempos. Al mirar involuntariamente, poco antes de dormir o medio ya sumergiéndose en el sueño, se capta algo, de súbito y tan solo un instante: “Hay un momento/ que esa presencia / asoma prendida / por alguien / que entorna una puerta / estremecida y solitaria”. También en la morosidad del recién despierto aparece una mirada nueva que se detiene en la actitud de los muebles o el modo en que entra la luz a la habitación de siempre.
Soñadores, insomnes, locos, videntes y alucinados pueblan la poesía de Quiroga. “Qué ve que nosotros no vemos”, es el primer verso de uno de los poemas. En lo no dicho, lo presentido, lo sospechado, lo silenciado parece haber algo más significativo que cualquier afirmación directa pero esa huidiza verdad solo permite ser entrevista, rodeada.

El pasado irreal

El pasado irreal

El pasado irreal efectúa también un asedio poético de los espacios, privados y públicos, íntimos y compartidos así como de las fronteras más o menos borrosas que los separan. Hay una exploración recurrente de los lugares, la ciudad, las calles, la casa, la habitación. Desplazarse por la vereda es como pensar, hablar o escribir. A veces se camina sin sentido como quien divaga pero también se toma contacto con el afuera, con los otros a los que se observa y registra. En algunos textos las individualidades se diluyen en un conjunto de siluetas: “se aglomeran en la calle estrecha/ todo tipo de vagos”. Pero de vez en cuando alguien recibe una luz cenital que lo vuelve personaje, una nena que juega sola, un anciano que se protege del sol. Hay algo de Van Gogh en el modo en que son retratados esos seres, por las pinceladas espesas pero también por la capacidad de entrever y mostrar su pulso interior. Alcanzan dos palabras para definir a un personaje, “maestro insólito”, por ejemplo.

 

Hace siglos un poeta español afirmó que ante la fugacidad del tiempo, si juzgamos sabiamente, “daremos lo no venido por pasado”. La poesía de Quiroga lejos de ver pasado en el futuro, encuentra en lo vivido, a través de los diferentes modos del recuerdo y del olvido pero también en la rica diversidad de miradas posibles, desde el registro objetivo al delirio, un material que relampaguea iluminando lo sentido, lo vivido y lo posible.
José Fraguas

 

El pasado irreal de Jorge Quiroga. Palabras Amarillas Ediciones.

http://www.palabrasamarillas.blogspot.com.ar

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Imposible decir el lenguaje que somos

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Imposible decir
el lenguaje que somos
en esta foto. La figura que comporta
la externa impresión
de nuestra alegría.

Aunque la abuela se cuente a sí misma

al mirarme
toda mi memoria
se remonta a sus manos.

 

IV

Aunque narrar la impresión no delate
ese silencio, sino apenas,
un efecto de ficción
que nos devuelve la mirada:
claridad quitándole
a los ojos muerte.

 

 

XI

Todo ese futuro construido antes que todo

Fernando Bonfiglio

Fernando Bonfiglio

no explica
la imagen que nos devuelve una mirada
en la confusión de ese deseo.

Miralo a Leo, Fer, cómo se reía…
Mirá tu dientes.

 
XIII

La relación del fotógrafo es con su técnica; pero no era
sólo con ella
y mi madre lo sabía
aunque también lo ignoraba.

Mamá, al encuadrar la foto, ¿qué encuadra?

 

XVI

Y el intuir en ese gesto

"Mamá sacó una foto" (Ascabusi ediciones)

“Mamá sacó una foto” (Ascabusi ediciones)

la tristeza en un álbum de fotos,
durante treinta, cuarenta años
la intimidad de un archivo.
Ahorrar, trabajar, callar

bañarse.
Silencio.

 

XXIII

Una sombra color negro-anaranjada,
mi recuerdo en sus manos.

Para terminar de ver
creo que veo

para empezar a ver

 

Fernando Bonfiglio

 

Fragmentos de Mamá sacó una foto de Fernando Bonfiglio. Ascabusi ediciones.

Arte de tapa: Alejo Moguilevsky.