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Nieva en Moscú

Informe sobre Moscú / Los pterodáctilos, José Sbarra. Palabras Amarillas Ediciones, 2013.

Ilustración de Ignacio Fernández Paupy

Ilustración de Ignacio Fernández Paupy

I – Informe sobre Moscú

Un informe que es el relato de un agotamiento, se cuentan dos o más historias, un cuerpo se somete a los excesos de la droga, un film que no se inicia, y lo extraño de estar fuera de lugar, un amor que se desgarra, frases que se van acoplando, a la manera de un diario escrito a medias, con la reiteración que forma un relato inmóvil.
En la conferencia de prensa en Moscú, es como si hubiera mundos superpuestos, en el que simula ser un escritor inteligente, cuando en verdad el pensamiento está depositado en esa aguja para el opio brillante y placentero.
Continuamente hay realidades entrelazadas en un rodaje que no existe.
Como si no se entendieran las palabras. Las pruebas de una identidad argentina que defrauda.

La nieve de Moscú, en su tristeza autodestructiva, sin dejar el sueño, es una apelación a dejarse llevar por el tiempo, y el viaje es una desestructuración que conduce, una y otra vez, a un abismo inevitable.
Ingenuo y obvio, al unísono, Sbarra seguramente verbaliza, un sentimiento sin raíces, por el cual no puede dormir.
El suicidio ronda esa reflexión sin centro.

Buenos Aires/Moscú: dos puntos extremos de ese desasosiego, ¿ quedarse allí o volver ?¿por qué el retorno se hace imposible? No entender nada, dialogar sin ninguna prevención. Desde la ventana se ve ese paisaje, nevado y moscovita, donde un viejo arrastra su trineo.

Dice Sbarra: “Sé que soy cruel con los que amo, sobre todo cuando siento que me dejaron de amar”. Quizás ese sentimiento a flor de piel, encubre una mirada a un país extraño, de planicies heladas, paseos al borde del mar o del bosque, y la traducción que traiciona, y los simples y estúpidos gestos del extranjero. Leningrado, San Petesburgo son ciudades imaginarias.
Un pintor amigo les da unos hongos, y esto le permite, a la vez que se confiesa, tener una historia sexual pasajera, que le hace recordar el sin sentido de dejar simplemente una huella.
Volver a Moscú, y trabajar en el guión del film, concurre a una fiesta ruidosa y cirquera, estos también son gestos banales. En Nochebuena pasea solo por las calles de la ciudad, encontrándose con los habitantes.

Sbarra escribe una carta, un diálogo, un diario. Una teatralización de su amor, un tango del abandono.
Habla por teléfono a Buenos Aires, sin entera libertad, porque su tarea es la de un escritor profesional, y el relato de las diferentes drogas es una constante, una forma de marearse.

La nieve es otra persistencia, al igual que cierto desapego implícito, por el cual quedarse o irse es lo mismo. “Últimos días en Rusia. Está nevando Si regreso en verano me va a ser imposible”.

Fue a Rusia a filmar Marc, la sucia rata y todo se vuelve una circunstancia olvidable, y sólo un recuerdo termina siendo, ese país y la película, que pronto .comenzará su realización.
El capitalismo triunfó, todo se vino abajo, y la Rusia soviética no existe más. El derrumbe instaló su lógica, el mundo es otra cosa desde ese momento.
Las cosas se agotan al mismo tiempo, también el amor, una carta con el estilo de los que dejan de amar actúa como una señal. ¿Se trata de una parábola, o del viaje perfecto para desentenderse de una situación extrema?
Sobre los cielos el avión regresa, poco es lo que recuerda, de esa experiencia, que alguna vez termina. Como si el relato fuera un círculo, o algo que se inicia, pero se desconoce.
Texto de un viaje a la lejanía, a lo remoto, doblemente frustrado, por el “peso de la historia agonizante (¿simple alegoría obvia?) por un amor que muere, se muestra la vida frágil.
Escrito con la displicencia de quien sabe el final, o de la pasión que quiere simularse intensa, un drama personal clausura el informe, pronunciando, de alguna manera palabras de despedida.
Hay que convencerse de ese doble naufragio, en el helado mar de la planicie moscovita, que únicamente sirve como recuerdo.

II – Los pterodáctilos

José Sbarra

José Sbarra

La invención o el desvío de esos animales, raras aves que surcan los cielos inverosímiles con sus extrañas figuras, que sobreviven y se pierden en eñ horizonte.
Las parejas absolutamente fieles, y que encierran esa fidelidad, toda vida posible, deambulan y mueren estos seres en el mismo lugar, donde cayó su compañera, como muestra indeleble de amor.
Ella lo ama y el lo sabe, la unión entre ellos e una perenne “Volar hambrientos pero juntos”, es una fascinante aventura, un ser valiente, con su estrafalaria forma de planear desciende, ella lo ama a pesar de todo y por todo.
Los dos vuelan , sobre los volcanes, con la elegancia que despierta´ en ellos
el estar juntos, su vuelo se acompaña con el espacio lunar, donde la tierra es un planeta desolado y volcánico, entre nubes doradas, sus cuerpos entran en la turbulencia sinfónica del tiempo.
Cuando la pterodactila cae a pico sobre la arena, como un rayo que se desprende del cielo, ante la presencia de la muerte o la caída, el ave se sorprende o se encandila de dolor, y ya no puede mirar más, y la pena lo aísla en la búsqueda, el abismo lo arrastró a su desesperación.
Por eso revolotea, y cree encontrar en el mar, leve rumor de viento.
Cuando lo hacían juntos, uno más abajo, el otro un poco más arriba, todo era un aliento del aire, un suave desprendimiento, ahora nada es igual, los volcanes e refractan en su cuerpo, y es como si los dos planearan ese paisaje que se disuelve en sus alas, pero eso no es cierto.

Vive para buscarla, como si la pudiera encontrar, en es raudo deslizamiento de las cosas en el sueño, que nos abandona, y nos hace decir, que hay alguna forma de eternidad, esta desaparece al sobrevolar los senderos volcánicos.
Uno al lado del otro, cruzaban el cielo, en la calma que los envolvía, en el aterrizaje, en esos campos dorados de una belleza insostenible.
La procura es incesante, e ignora la muerte, en la soledad de un campo minado e infinito. El fragmento de placer, que nunca se quiso mirar, refleja el cielo.
El pterodáctilo pasa por allí, ocultando su dolor. Un mismo cuerpo, una misma intención, es el volar de dos seres que se quieren, que no admiten ese horror de lo siniestro.

En el lugar encontrará a su compañera, como si el tiempo, fuera un alud que se detiene. La ingenuidad ronda nuestro destino, o lo que nos queda pata seguir viviendo. Aquello que se ve o es ella, su cadáver fosilizado no es lo que busca, como si ignorar fuese un presagio.
El ave fantástica deambula por rl espacio, y cae en picada, recuperando su cuerpo en el vuelo nocturno y de contrastes luminosos.
¿Una fábula de amor o una despedida que se comparte? Sbarra tiene varias maneras de contar la misma historia, lo que se pierde, o lo que nunca repetimos de una imagen.

Jorge Quiroga

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