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El altar de un templo azteca

Cuando al fin te saliste con la tuya/nuestra habitación fué roja. Una sala de juicios.

Ted Hughes

El dique que contiene al pasado ya no reprime nada. El dique se rompe y el dolor todo lo inunda. Uno cree que maneja las compuertas de un mecanismo ilusorio, mentiroso, falso.
La Fotógrafa me dice a través del chat que su tía se quiso suicidar tomando pastillas. Vió en su cuerpo desnudo, tendido en el piso, los signos de un adiós. Me levanté del teclado y las respuestas se fueron haciendo esporádicas. Y la noche se fue tornando nórdica, eterna, sin indicios del sol. Establezco una lucha contra la angustia, fumando hasta la nausea, buscando aire donde no hay. Me voy al jardín, la casa esta vacía. Nada puedo contestar. Hay demanda de ternura que no puedo suministrar. Afuera la noche esta suspendida. Subo a mi habitación. Desde la ventana se puede ver las luces de los edificios hacia Villa Urquiza, trazando una línea en el horizonte. Enciendo otro cigarrillo. Ni el recuerdo impide que la noche sea bella.

Una faja policial clausuró la que era mi habitación, la que fue la oficina de mi padre cuando me fui de casa.
Detrás de la puerta corrediza de madera estaban los restos del encuentro con un universo en descomposición. Technicolor del horror. El altar de un templo azteca decorado en la fiebre de la inmolación. Tuvimos que sacar la alfombra otrora naranja , mi hermano llorando, yo impávido con resabios del estallido de la noche anterior, cuando la noticia llegó, aquella que no se espera pero que se presiente. De tanta sangre y coágulos desperdigados nos quedamos sin definición para el espanto. Limpiamos el vendaval de sangre. Miré a mi madre y me pareció una extraña. Me fui a casa, me fumé y me tomé unas pastillas para dormir. Edifiqué el dique en una zona sísmica. Y me acosté sin buscar los porqués. Años después no me hice esas preguntas, no eran las correctas. No hay mucho que preguntarse luego que el cajón fue cerrado. Y me lo había anunciado y yo con mi mejor sonrisa incrédula pensaba “qué boludo, nadie ensaya su capitulación”.
Cuando cremamos los restos de mi padre me entregaron sus cenizas en una bolsa que estaba caliente. Mi madre me preguntó donde las dejábamos. Las arrojé en un cantero olvidado de la Chacarita como quién no quiere rendirle cuentas al pasado. Era una tarde soleada.

La otra noche Link en su clase deslizó una frase transparente de Lacan: una personalidad que no se realiza sino en suicidio. A veces se puede decir algo sin ser enigmáticamente pelotudo. Afuera llovía.
Estaba distanciado de mi padre antes del tiro final. Habíamos hablado unas pocas palabras unos días antes, unos libros quedaron en un banco, ni él no yo teníamos dinero para retirarlos y las obras completas de Goethe y otros libros de pintura con diapositivas terminaron humedeciéndose en algún sótano húmedo. Uno se va de la vida y se pierde el lenguaje. Aventuro ese estado: en la locura y en la desesperación soy, en la fuga existo. Al fin de cuentas, la soledad de mi viejo decanto en la ausencia de palabras. Una arista más en su aislamiento.

Ahora veo una foto de él en blanco y negro. No debe pasar los veintipico de años. Pantalones ajustados, zapatillas de básquet, remera con cuello y saco de invierno. Esta sentado en una roca. Un joven tan “nouvelle vague”. En su rostro hay seriedad y aplomo, sus hijos aún no eran los sueños del porvenir. Y me parezco a ese joven desde mis 43 años. En mi por momentos “saludable” inmadurez porque me sigo creyendo joven. Entonces en esa distancia nos reconocemos. Deje de recordarlo cuando se marchitaba hacia el final.

Buenos Aires, junio de 2006-06 de agosto de 2010.

                                                                                                                                                                                                                     Pablo Moreno

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