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Del Caribe Sur, Cartagena de Indias-Bogotá, Diciembre 2012

El primer día.
Media mañana.

Playa de Cartagena

Playa de Cartagena

Hay más vendedores de ceviche que turistas. La ortografía titubea en los carritos. Venden de todo en la playa, el mar es tibio como el río en el Pelay un enero de 45 grados. Verde marrón el agua. Palmeras, obras en construcción. Un club de pesca-restaurante. Poca gente. Negras y negros de miles de servicios, buen talante. Entro al mar, partículas que brillan, caracoles diferentes, cucharitas diferentes y palitos que parecen corales grises. No traigo bolsa, encuentro una de comida, ya no alcanza, sigo con el vestido. Saco fotos, los ojos titilan, sombrero negro con Bocona, mujeres de caderas, ninguna figura. En la playa venden casi de todo. Familias, gente grande. Cuervos negrísimos-azules por la sombra de algunas carpas, dos garzas o algo parecido.
Una colombiana que está con cuatro niñas y un varón me da una silla que pongo en el agua y escribo. Para las sillas hay que pagar. Está en los departamentos de mi mismo hotel. Más tarde me dice: “él es argentino”. Corre el agua entre las patas de las sillas, se está bien. No tengo que volver al hotel. Me quedo un rato más. Es agradable.

No es un paisaje exótico completo, hay edificios a medio hacer y mucho trabajador dando vueltas.
Calor quieto. De vez en cuando se nubla y es más benigno. Una escuela de kitsurfing cerrada de un lado. La silla se hunde en la arena oscura. Atado el pelo corto por el calor.
Te ofrecen masajes las negras que van con baldes de agua y aceites y cuando agradecés te dicen que te los hacen mientras caminás, da gracia eso y lo repito y te preguntan, todos, “de dónde sos”, insisten, un vendedor de sombreros me pregunta si soy italiana.
Marlon Brando, un negrito que habla como cantando que vuelve en dos o tres horas, “Marlon Brando vuelve pero no sabe cuándo vuelve” –repite colorido-, me regala una tanza con dos perlas y dos corales negros y un nácar grande y redondo. Me dice que me vio juntando conchillas antes. Acá cambian algunas palabras. Mínimas diferencias en una América Latina que no conocía.

El segundo día.
11 de la mañana, alguna gente baja al mar.
Un sólo perro, una perra color canela que anda entre alguna gente. Venden coco en carritos. Piña colada, también. Se acercan nubes oscuras, sigue la brisa. La sal empieza a picar en la piel. En Bogotá habrá perros y algún gato. En Cartagena sólo pajaritos.

Casi a la tarde vamos al centro en un taxi. Llueve, bien negro se puso, un momento sólo. Vestida de solera blanca. Vamos al morro San Felipe. Que tiene un fuerte.
Por todos lados árboles de caucho, así dicen. La zona del aeropuerto es el Barrio de Crespo. De ida y de vuelta la cruzamos.
Los vendedores de bebidas dicen que compremos, que arriba cortaron los españoles las cañerías, tienen un discurso para todo.
Ese pajarito negro que antes llamé cuervo es “la maría mulata”. Anda por todos lados, en la playa sin miedo, toma agua de las fuentes y de las piletas. Canta, pía.

Dos días más en una Bogotá de iglesias. En el barrio del Muisca nos sorprenden los carteles en hebreo. Turismo. Caminamos varias veces de arriba abajo la Carrera 7, la policía no sabe dónde queda la finca de Bolivar, una estatua de Ricardo Palma, calles cortadas, vueltas peatonal en algunos horarios, empedrado, pozos, mucho a medio hacer. Colores. Me gustan los patacones, esas papas fritas de plátanos achatados. Bananas fritas además. Y fruta.

Cartagena de Indias, vista de la ciudad nueva

Cartagena de Indias, vista de la ciudad nueva

En el avión. Pensé en anotar algo, salió poco, sentí como un “no me acuerdo”.

Se murió Reina una semana antes de este viaje.

Una azafata llora y escribe una carta en esa sillita de atrás del avión grande. Le digo que con esos ojos tendrá otras alegrías, me agradece, es linda pero tenía un gesto feo al servir.

Ellos todos allá repiten: “¿Qué le provoca?”
Cada vez pierdo más los ojos.

Leo un colombiano… imagino que escucho todavía el tono de allá.

 

 

Laura Estrín

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2 comentarios el “Del Caribe Sur, Cartagena de Indias-Bogotá, Diciembre 2012

  1. Laurita siempre tan pero tan linda.

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  2. “Cada vez pierdo más los ojos” que los ojos míos siguieron la crónica, tan en sus detalles tan elegidos, tan en su conjunto. En simultáneo un día de calor porteño, falta la silla con las patas de la silla mojada por el mar del cartibe continental! Toda una cultora del género crónica, entre el relato veraz y la poderosa capacidad de registro extendido! susana santos

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