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Variaciones Stalker

“Y que querés, mamá, si vos te lo pasás leyendo
sobre la zona” -esto me dice a veces Ana, mi hija-

Stalker. Andrei Tarkovski

Stalker. Andrei Tarkovski

(Somos cultos/Todos vimos varias veces Stalker de Tarkovsk!, no?… porque de eso se trata un poco)
Ponerse en la zona con la confiada desconfianza del Stalker, estar en la zona, en la literatura, eso hace Claudia López al escribir. Y, además, nunca sale de ella.

Escribir es una confianza extrema que algunos tenemos, lo demás son preguntas, como las del primer poema de Claudia: dónde, qué…
Algunos respondemos-escribimos-vivimos en la zona. Vivimos divididos pero vivimos en la zona. Y sólo en la zona respiramos bien porque la literatura es un lugar y una salud. A la zona vuelve todo, regresa todo en formas variadas, en acentos y ánimos variados, esos ánimos que nos quedan cuando nada nos queda. La zona es un singular vacío lleno, como en Solaris… Es el ánimo que vuelve al cuerpo, al cuerpo frágil que somos. Ese crack up que componemos todo el tiempo, por suerte.
Pero la zona no es esa mentada página vacía, en Claudia López está escrita y, encima, con variaciones. Por eso puede nombrar lo que desespera, lugares, nombres, viejas historias: la zona no escampa, sino que acompaña fielmente, alienta, define la catástrofe que nos retrata. Como ese Stalker-pasante-transmisor que deja una hija diferente atrás para tenerla siempre adelante. Porque la zona ocupa todo el paisaje, es el horizonte de nuestro escribir, entonces, ese Stalker se interna en la zona literaria para volver distinto y pertinaz a la vez.
El Stalker es un ser ensimismado, acentuado, intenso, que entra una y otra vez a la zona y deja una hija y la escritura, tal vez, para recuperarlas en variaciones más fuertes, en rítmicos sistemas de repeticiones como en este libro. Zona-escritura e hija son lo mismo, son un mismo deseo, una misma fuerza que nunca nos abandona como un perro en la literatura rusa, como Sonia va a Siberia. Y les juro que hablo de este libro y lo que este libro Stalker-pasante-transmisor lleva. Hablo de lo que carga, menuda carga: Cargar la zona.

Cargar la zona: la escritura como fijación y búsqueda –eso dice Claudia López-, ese pasado que creemos demora cuando ya envejecemos, eso lo digo yo pero me lo alcanza su prólogo.
¿Qué pasar? – es la pregunta que acosa en la zona:
Y Variaciones Stalker responde: “Ligera, tanto como sea necesario para silenciar los discursos imperiales del miedo, da el primer paso de la serie”.
Lo dije mil veces: los buenos libros, dicen lo que hacen.

La zona es un lugar, una confianza de escritura, de eso hablan los poemas de Claudia López. Y por ahí está su corazón que en ciertos lugares “es menos objetivo”.
La zona también son viajes, es el tiempo, que siempre es “demencial” y “úlcera”. La estoy citando.
Y voy página por página en la zona que ella escribe y encuentro colores y manos, como si supiera de mí esta poesía pasa mis cosas.
Los lugares que son colores, Marsella es rojo, y que son también los nombres que hacen grumo en las frases, los nombres ausentes y presentes a la vez en el verso, en dedicatorias, en referidos directos.
Este libro sabe de colores e imágenes, y sabe que “siempre inacabado/ el mal se ofrece/ vulnerable/ a la gula de Goya”.
Lo digo siempre: los buenos libros nos agarran del cuello: “ay de quien no crea en las manos” –dice ella-, y yo entiendo que las manos no mienten, porque la cara es disfraz potente, entonces las manos, son transparencias honestas, crueles colores de verdad extrema.

¡¿Cómo te perdono Claudia que traigas-escribas en la zona piedras!?: No hablamos para todos, hablamos para nosotros mismos entre algunos. Y hay río en este libro, un río en un paisaje determinado. El paisaje “es lo que corre”, “lo que cura”, como las manos, leo en Variaciones Stalker.
Claudia desespera porque me habla directo: pasa el “otoño en mitad de la primavera” –supone muy precisa-, entonces ella recuerda cosas que se guarda pero que se le translucen en los versos, pasan por ese Stalker, pasan por el que escribe. Ella así pasa, traspone: ventanas, árboles, la felicidad de las cosas… Ella sabe: las cosas son lugares firmes, contundencias, quizá porque este particular vacío-lleno que es la zona es elocuente, la poesía es elocuente y pasa, de una orilla a otra, las cosas, las palabras y las cosas, creo en la propiedad de las palabras…
Insisto: La literatura, la literatura que compone la zona, sólo trata de finas trasposiciones –acá recuerdo a Celine obviamente…
Claudia López obliga a las cosas por eso se obliga a no ser reflejo “farsante” -esa palabra usa y la cito para que no crean que yo tiño con mi realismo verdadero lo que leo-, Claudia trata con la máscara que la zona hace caer.

Variaciones Stalker de Claudia Lopez

Variaciones Stalker de Claudia Lopez

En Variaciones Stalker hay lluvia (como llovió hoy y ayer y como el agua acompaña todas las películas de Tarkovski, y hay que creerle al autor que dice ponerla porque el agua lo rodeó en su infancia). Y en Variaciones Stalker hay batallas perdidas-ganadas, hay trampas: no saber nunca de dónde salir y salir igual, salir hacia adentro, siempre.
Todo esto sucede porque aquí hay una-autora-que-sabe que cuando dice “yo” y “aquí” es grave complicación pero cuando anota “árbol” las marcas son precisas: es la infancia o las cosas. Y el árbol vuelve, una y otra vez como la infancia: lo que se conoce para siempre, la que conoce para siempre, “los árboles persisten/ mientras sangra el sol” –leo en este precioso libro cercano-. Y entonces se arma todo su mundo (y parte del mío, ¿para qué ocultarlo?).

La zona es “justo aquí”, “destino regional”, “patria” desarreglada, desmantelado lugar… Un Virreinato completo. Y repito a Nicolás Rosa cuando decía que la literatura argentina se dividía entre la Rioplatense y la del Alto Perú. Singular Stalker éste que anda por lugares americanos viejos con una voz que no grita, que a veces muere, invocada y llorada por plazas de Bogotá, Sevilla y Buenos Aires.

La zona es una obstinación, una impertinencia, una soledad tenaz, “capricho tártaro” -dice Claudia-, y es rezo, oraciones. Lo dice el libro cuando sabe usar adjetivos: “fanáticos azahares”, “vieja intacta” o “puntuales excedidos”.
El poema es también saludo en la Biblioteca Nacional, acá mismo. Frases en la pared, graffitis -anuncia, que después se van mas lejos, a otros tiempos, a otros reinos, y mira ahí y escribe lo que ve adentro.

Así, los versos son todos provocaciones y mandatos:
“trabajar la memoria/ como un cristal/ pulirla/ hasta que todos los reflejos/ le den forma de su travesía/ nada lejano/ en la génesis del presente/ derivar como un río/ por sus asociaciones/ peregrinar/ hacia los días inocentes”.
En un libro anterior Claudia también se detenía en las lentes que pulía milagrosamente Spinoza. Claudia es de la raza de los poetas que mira en eterna vigilia, porque de eso se trata en la zona.

Variaciones Stalker vive además en mil dedicatorias que son ojos, visiones de escenas, imágenes que vuelven para plasmarse, y hay entregas, buenos traidores y mujeres que no se niegan… Entiendo un poco, otro poco temo. Claudia López se sabe también “geométrica” y pidiendo perdón “se protege”.
Y mientras la leo me pregunto qué significa un libro que como agua lava la piedra, la cara y las palabras (y la cito, a medias…) Porque la poesía es encontrar. Encontrar cosas propias: nombres, vientos que son sombras, rituales, ciclos que no creemos o aceptamos a regañadientes, lugares que son felices y que otras veces son tristezas, llegadas o ramblas que uno puede prever: la de Barcelona no tanto, sí la de Mar del Plata.

Esta poesía cuando pasa esas cosas se trata. Se trata a si misma, siempre la poesía se muestra, mas o menos cerrada o hermética, pero nunca es disfraz, es el reino desnudo de un amor: “el preferiría salir ella escuchar” -escribe Claudia López- y la gracia de que no haya ahí puntuación/separación entre ellos porque “él” y “ella” están escritos seguidos en un verso, pasados-juntos por el Stalker, pasados por trenes acompasados de paisaje o terraplén que “predispone a las lágrimas la fe las íntimas promesas”, verso también que avanza sin puntuación.

Hay poemas situados y fechados, entendidos, acompañados de sentidos claritos como el lindísimo marco que es “estación Bologna, nemotecnia para el 2 de agosto de 1980”.
Los poemas conservan, de ahí su fijación, su cierre o hermetismo, su extremo saber preciso. Conservan planos, tiempos, puertos y música. Claudia López no se olvida.
Allí, además, los sueños hacen los ojos, los pies el despertar y siempre los recuerdos familiares componen el poema que es retrato.

Hay partes en este libro -“y si hay partes no son todas para asomarse”, como dijo clarito Zelarayan- por eso, de algunas, sólo puedo retener perfectas intensidades que Claudia logra en ensimismamientos de verbos que dan un ritmo casi cantado. “Coral”. Entonces, mirar, inclinarse, son órdenes que los poemas dan, se dan. Y sigo leyéndolos, sin entender algunas palabras como “tunjo” o “muisca” pero atenta a otras señales que sí me completan porque no todo es explicable.

A veces la poesía se nos aparece escrita, quiero decir: los versos se nos presentan como poesía que está ahí desde tiempos inmemoriales, es entonces cuando verdaderamente llega a nuestras manos futuras. Eso no sucede siempre con lo que leemos. Eso sólo pasa porque aunque allí leamos lejanos guerreros o una antigua historia de pinturas y mosaicos “el alivio de la forma/ curva la lámina del cuerpo”. Me explico: Es poesía lo que nos afecta el cuerpo.

Variaciones Stalker es un libro que sabe de estampas, esos frisos que pueden ser clásicas pinturas clásicas o el genial retrato de una vecina. Porque Claudia López igual que el Stalker de Tarkovski, lo que sabe es pasar.

                                                                                                                                                                                                                 Laura Estrín

Presentación Variaciones Stalker de Claudia López,

3 de Agosto 2012 /Biblioteca Nacional

Variaciones Stalker.   Claudia Lopez.  Alción editora

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