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El gran macabro, una diarrea metafísica

Al cagar olí antesdeayer

el tributo que mi culo pagaba;

y el olor me hizo temer

que ahí mismo me asfixiara.

Rabelais. Gargantúa.

El gran macabro (Le Grand Macabre), con música de György Ligeti (1923-2006) y libreto del propio Ligeti junto con el director de teatro y titiritero Michael Meschke, está inspirado en La ballade du gran macabre del dramaturgo belga Michael de Ghelderode (1898-1962). Una versión para dos pianos, sintetizador, cémbalo, órgano, celesta y cuatro percusiones. Dirigido musicalmente por Baldur Brönnimann con la dirección de escena de Alex Ollé y Valentina Carrasco, de La Fura dels Baus. La ópera se presentó en el Teatro Colón. Fueron cuatro funciones, a la manera de “ensayo abierto al público”. Por problemas gremiales con músicos de la orquesta, se presentó en una versión reducida, aprobada por Ligeti. Asistí a la función del miércoles 6 de abril de 2011, la anteúltima de las cuatro que dieron. Voy a estar siempre agradecido con el amigo que me invitó y me hizo entrar. Se llevó mi fascinación la acústica del Teatro Colón, su Coro Estable, la cúpula pintada por Soldi, esos palcos, los cielorrasos, la imponente araña, el manto de Arlequín, el telón de terciopelo. Qué lujo del subdesarrollo ese boliche. 2 horas 50 minutos de asombro. Un viaje al país de la alucinación. Humor serio. Humor en serio. Escenas pantagruélicas. Una diarrea metafísica, irreverente y anárquica. En torno a una muñeca gigante de 17 metros de alto se despliega esta crítica ácida e irónica al pánico individual y colectivo frente al sufrimiento que lleva la idea de la muerte. Hoy, que la idea del fin de los tiempos está tan de moda. La historia transcurre en el país imaginario de Breughellandia, entre las curvas y los agujeros de Claudia, humanoide gigante que hace las veces de escenario y escenografía. Un borracho refulge su lamento entre hipos y eructos. Un par de amantes pregonan la muerte. Todos nos vamos a morir, insisten en eso. Pero sobre todo alarman en lo paralizante del miedo, en la necesidad de hacer caso omiso a los propagadores del pánico inmovilizador. Esclavos de la muerte, sólo la risa nos puede salvar. Los amantes cantan desde ultratumba el rumor apocalíptico de un presagio fúnebre. Son escenas bufas. Mescalina, así se llama ella, azota a su esposo, el astrónomo Astradamors, le reclama sus deberes conyugales. Ella lo flagela. Son rituales domésticos de humillación. Hay un intercambio de insultos en orden alfabético. Se teme que el pueblo esté tramando una insurrección, un “gran macabro”. Los políticos, desde el balcón, tratan de calmar los ánimos populares más belicosos. Pero todo lo que hace al argumento es incierto porque la obra es un banquete de los sentidos desnudos. Un delirio fúnebre. No se trata de contar o reconstruir la historia de estos esperpentos. Nada que explicar. El humor es cosa seria.

Javier Fernández

http://www.youtube.com/watch?v=TP3DvIjcpi0&feature=bf_prev&list=FLEZSqLqtM_k5FsJoN7NEDew&lf=plpp_video

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