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Vital

A los trece años ser destinado a practicar atletismo era ser condenando al campo de trabajos forzados. Quizás porque la adolescencia es el tiempo en que se forja la rebeldía y no la disciplina. Me topé con Rodolfo Barizza que era un entrenador peligroso porque te hacía creer que uno era un atleta maravilloso y quedabas envuelto en ese discurso cuando solo quería fugarme. Con el tiempo me convertí en un velocista que llegó a lograr algunas marcas interesantes. La previa de cada competencia era todo miedo y odio. Entraba en calor y antes de la llamada de la serie que me correspondía me ponía mi buzo sobre la cabeza y dejaba de hablar. Luego corría hasta la náusea y era común encontrarme después de la prueba vomitando saliva al lado de un árbol. Si llegaba a la final (en ese estado yo era todo nervios y mareos) Barizza me decía “no te preocupes, ahora vas a correr mas liviano”. Lo cierto es que esos límites fueron lo que me hicieron un atleta más interesante que las reales posibilidades de mi contextura física: corría hasta el dolor. El tiempo pasó y el miedo dio lugar a la suficiencia. Un día gritaron “¡a sus marcas!” y me dije qué estoy haciendo acá y el típico disparo se esparció sobre el Cenard y correr sólo fue una rutina. Esa tarde no vomité y me sobró energías. Dejé de competir y por supuesto, me arrepentí.

 
No se debería buscar en la propia experiencia una confrontación con la representación “realista” en el cine (la peste de la verosimilitud). Doy todo este rodeo para poner la atención sobre dos films y desmitificar otro. Siempre ha sido considerado Carrozas de fuego (Chariots of Fire, Hugh Hudson, 1981) como la piedra angular sobre la épica atlética y no se consideró su corto alcance: un ejercicio nacionalista acerca de las últimas hazañas deportivas del Reino Unido hacia el fin del imperio. No es algo soslayable que el film acentué el enfrentamiento atlético entre británicos y norteamericanos. El mayor problema del film radica que no puede transmitir la emoción de la pista. Carece de tensión. Carece de emoción.

 

 

Billy Crudup como Pre y Steve Prefontaine“Yo no sólo salgo a la pista a correr. Me gusta darle a los espectadores algo emocionante”

Parece la frase de un artista. El autor es Steve Prefontaine. Prefontaine a pesar de su corta vida (murió a los 25 años en accidente automovilístico) es una leyenda del atletismo norteamericano. Poseía los records estadounidenses en cada distancia desde los 2.000 hasta los 10.000 metros. Es legendaria su carrera en los 5.000 del agitado Munich del 72. No logró llegar al podio. Perdió ante la arremetida final del finlandés Lasse Viren en los últimos 400 mts. luego de llevar la delantera en gran parte de la prueba. Creía que no era honesto ganar la carrera de otro modo. Se sabe que en las pruebas de fondo los corredores se instalan en el pelotón del medio o detrás del que lleva la “pole position” para no tomar el viento de frente y de paso ahorrar energías. Son pruebas que se deciden en el sprint final. Robert Towne (aquel guionista de Chinatown de Polanski) hizo un biopic sobre Prefontaine (con un apropiadísimo Billy Crudup el rol de Pre). El film es de 1998 y se llama Without limits y logra transmitir el nervio y la tensión de las puebas de fondo. Y pone foco en el final del amateurismo en el atletismo norteamericano, una lucha encarada por Prefontaine con su entrenador Bill Bowerman (encarnado por el siempre efectivo Donald Sutherland), que diseñaba el calzado de sus atletas y que luego cofundaría Nike.

 
El otro film es una gema escondida del cine japonés que aquí se vio en el Bafici del 2005 (recuerdo la sala América vacía y yo sin poder comentar con alguien la película) de Ryuichi Hiroki llamado 800 two laps runners (1994). Un supuesto film para adolescentes protagonizado por estrellas pop niponas que desemboca en un atrevido ejercicio fílmico sobre la vitalidad, la adolescencia, los fantasmas propios de la cultura oriental y un homoerotismo latente a lo largo del film. Hiroki resuelve su épica atlética a través de planos secuencias no sólo de las pruebas sino también en escenas donde los protagonistas vuelcan su frustración corriendo en la ciudad. La escena final es otro brillante plano secuencia con los dos contendientes enfocados por la cámara de frente, frenando el acompañamiento al final de la prueba (y subrayando el esfuerzo y la agitación de los corredores). Uno de ellos dice “corrí la mejor carrera de mi vida” y el plano secuencia no se detiene hasta alejarse de la pista. Nunca sabremos quién ganó esa prueba.

 
Tanto Hiroki como Towne entendieron que la narración de una prueba de pista atlética sólo puede materializar el dolor y la vitalidad del corredor. El realismo cinematográfico muere ante la imaginación coreográfica de la cámara. En eso radica la épica deportiva: la plasmación coreográfica del aliento de los cuerpos. La historia de los cuerpos cuando eran jóvenes.

Pablo Moreno

Buenos Aires, 5 de marzo del 2012

(Esta entrada le debe al aporte de 2 notas aparecidas en los siguientes blogs:

“Prefontaine, un mito sin medallas” por Angel Cruz en:

http://blogs.as.com/carros-de-fuego/2011/12/prefontaine-un-mito-sin-medallas.html

“Steve Prefontaine” por José Manuel González Pacheco en:

http://runningdv.wordpress.com/2011/12/03/steve-prefontaine/

Es imposible hallar algún ripeo de 800 two laps runners. Without limits alguna vez se exhibió por cable y no tengo conocimiento de que se haya comercializado en dvd en nuestro país)

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Un comentario el “Vital

  1. Barizza era un hijo de puta. Lo sigue siendo.

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