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Lecturas de padres e hijos

Debo tener unos 10 años. Vivo en la Boca, en la calle Pinzón 111 esquina Gaboto, en un primer piso. Una de las ventanas, la de mi habitación, da hacia la calle Pinzón y desde ahí se pueden ver los barcos. Estoy a unos 150 metros del riachuelo. La ventana de la ochava da hacia un bar que abre temprano y por la noche (en ese instante) esta cerrado. El paisaje es industrial.
Mi viejo vuelve de la oficina. Trabaja en seguros. Estoy en mi habitación. Hay alboroto. Me pierdo la secuencia. Voy al comedor y lo veo (a mi padre) sacado, rompiendo libros, gritando viejo hijo de puta. Veo que los libros son de Borges. Mi madre trata de calmarlo: Néstor, no seas loco, calmate. Mi viejo (a esa altura era mi viejo, en llamas, escupiendo lava) agarra todos los libros del escritor “no vidente” (algo que molestaba al ciego) y los tira por el balcón que daba a la calle Gaboto. Hojas volando sobre horizonte de Segba, la Italo y mas allá la Ford. Tragedia cultural indiferente al cansancio obrero de esa noche. Luego, la cena será silenciosa.
Al día siguiente, sobre el adoquinado hay algunas páginas esparcidas. En esas calles sin césped se juega al fútbol. Las páginas de un libro no llaman la atención. Mas basura sobre calles de por sí sucias.

Inmigrantes genoveses de la Boca , prinicipios de los 70s (la foto es de mi padre)

Estoy sentado en el cordón de la vereda, recorriendo las hojas, preguntándome que poderío tendrán esas palabras para que mi padre estalle tan violentamente.

 

Una mañana todo el mundo habla de los tiros que se escucharon por la noche. Ocurrió en una cantina que creo que se llamaba La Gaviota. Cuando fui (o fuimos no recuerdo con quién) la policía aun estaba en el lugar. No había ningún hecho que agregar a lo que estaba en el aire. Pero si se podía seguir el recorrido final del asesinado. La huella de sangre que primero era un goteo y luego se iba transformando en una línea que empezaba por la calle Necochea (en la cantina), doblaba por la calle Suárez, cruzaba la calle asfaltada, subía por veredas altas por la inundación y culminada en una vereda rota de la calle Ministro Brin en donde se forma un charco espeso. El rojo de la sangre se recarga, se esparce, se embrea. El cuerpo agonizante dejo una narración que para cada uno que miraba esa aureola producía una ficción personal, un propio relato policial.
Ni la lluvia de días borró ese charco.

 

Tiempo después me enteré que el Borges público era motivo de irritación para mi .padre. Se reconcilió comprando El Otro, el Mismo y Fervor de Buenos Aires. Me resulto indiferente porque no leía poesía. Los libros se siguieron apilando. Si uno iba al baño y se sentaba en el inodoro, jamás miraba el techo. Había libros, historietas, diarios. En casa se consumía mucha ciencia ficción (Minotauro). Mi padre leía Upton Sinclair (quién demonios lo leía), era un caso realmente raro. Las obras completas de Mark Twain estaban siempre a mano, puteaba esas traducciones, le daba su propia sintaxis. A pesar de que no había terminado la primaria, amaba el idioma.

 

J.G.Ballard

Un día me dice (mi padre) léete a Farmer, un escritor de novelas pornográficas devenido en escritor de ciencia ficción. Farmer había creado un universo de muertes y resurrecciones: El mundo del Río, allí se codeaban Richard Burton (el antropólogo) y Mark Twain como personajes. Tampoco me intereso. Saqué de su biblioteca Playa Terminal de Ballard y me contestó: muy apocalíptico. También le di Trópico de Cáncer y me lo devolvió al poco tiempo.

Philip Jose Farmer, del cual mi padre nunca vió una foto

Entonces nuestros caminos se separaron. Yo empezaba a tener mi propia biblioteca, y el cine me empezó a devorar, veía todo lo bueno y lo malo pero no interesaba, otro lenguaje estaba emergiendo.
Estaba en Ciencias de la Comunicación, en la Uba y todo en ese ámbito me parecía estúpido. Le digo a mi padre voy a dejar la facultad, que me voy a letras. Y nuevamente el volcán en erupción, con mi madre ocupando su espacio en el coro griego. Deje de estudiar. Me tomé unos veinte años.
Me fui de casa. Me llevé mis libros.

 

Muchos años después me separo de mi mujer de entonces. Me llevé unos pocos cds y vinilos. Y me llevé mis libros. En el medio de la catástrofe, los libros me devolvieron a la vida. No hay posibilidad de ser un escritor porque soy un cuerpo atravesado por años de lectura. Todo lo que escribo ya lo he leído.

Buenos Aires, 30/04 al 01/05 de 2010

 

Pablo Moreno

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