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La sala a oscuras

La crítica de cine que permitió la aparición del Nuevo Cine Argentino absorbió el impulso creativo de la generación que le precedió. Esa generación de la que formaba parte Sergio Wolf, Gustavo Castagna, Horacio Bernades y mas atrás Rodrigo Tarruella. Fueron más. Nombro a éstos porque fueron las personas que conocí.

Hacia mediados de los 80s la revista Cine en la cultura latinoamericana (creo que se llamaba asi) preparó una mesa redonda con proyecciones en la sala AB del Centro Cultural San Martín de Marco Ferreri y Ettore Scola. En eso tiempos no había muchas video caseteras en Buenos Aires. Entonces se repasaba las filmografías en la casa de mi padre, en Villa Urquiza. Mi padre participaba de esa pasión en silencio. Y generalmente la jornada culminaba con un generoso puchero que él preparaba. No sólo aprendí a mirar cine con esa gente. Además me inocularon el virus de la cinefilia.

Al no existir los medios que hoy permiten completar cinematografías, la fuerza de esa crítica que se estaba gestando necesitó de la imaginación. Muchos films eran sólo referencias en revistas de cine (infaltable el Cahiers) o libros especializados. Las películas había que germinarlas en la imaginación. Este movimiento condensaba dos operaciones. La primera era una escritura crítica que si bien era didáctica también lo era en su audacia. Lo segundo era que establecía parámetros sobre aquello que se consideraba cine: lo que no había sido visto y lo que ya no quería ser visto. El campo era el deseo de conmoverse con lo que se esperaba del cine: la osadía formal, el saber narrar un relato.

Obviamente que muchas de esas aspiraciones fueron colmadas.

Hoy el Bafici me produce sentimientos encontrados. El tren partió. Me hubiera gustado formar parte de esa aventura, pero en su momento no supe percibir la vitalidad de ese sueño. Y suelo recorrer el espacio del festival con una mezcla de alegría, impotencia  y nostalgia.

Hay films que me hubiera gustado compartir la visión con mi padre.

Cuando suelo entrar a alguna sala del Abasto, busco la butaca en la que mejor pueda explayarme para conversar silenciosamente con el film. Las luces de la sala se apagan y me voy a habitar el paisaje visual de la proyección. Y la angustia de aquello que no fue cede. Y la vida es plena.

Buenos Aires, 4 de abril de 2011

Pablo Moreno

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