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Panorámica auschwitziana

Y como una alteración del lenguaje: no puedo decir Te veré este verano.
Harold Brodkey.

Se considera que la era del SIDA empezó oficialmente el 5 de junio de 1981 cuando el Center for Disase Control and Prevention (Centro para el control y prevención de enfermedades) de Estados Unidos, en una conferencia de prensa, describe cinco casos de Pneumocystis carinii (infección de carácter neumológico) en Los Ángeles. Al mes siguiente se constatan otros casos de sarcoma de Kaposi (un tipo de cáncer de piel). La aparición conjunta de ambas enfermedades en pacientes homosexuales llamó la atención a la comunidad médica internacional. La mayoría de los pacientes murieron a los pocos meses.
Por el descubrimiento de unas manchas rosáceas en el cuerpo de los infectados, la prensa comenzó a llamar “peste rosa” al SIDA (síndrome de inmunodeficiencia adquirida) que es el nombre que recibió en 1982 esta epidemia de fin de milenio. Los prejuicios contra la comunidad homosexual (en un principio la causa de la enfermedad se circunscribe a la actividad sexual desprotegida) se fueron lentamente disipando cuando la epidemia se propagó sin control entre los heterosexuales (principalmente en África, Asia y el Caribe). La medicina no había hallado ni la profilaxis adecuada para esta enfermedad, ni los tratamientos antivirales que requerían los infectados.
Las implicancias culturales que produjo la aparición del Sida fueron y son profundas: …una nueva enfermedad, como lo es para la medicina: el sida corresponde a un punto de inflexión en la manera de ver las enfermedades y la medicina, y también la sexualidad y la catástrofe…El brote de una nueva epidemia, cuando confiadamente se suponía desde hacía varias décadas que estas calamidades eran cosas del pasado, ha cambiado inevitablemente el “status de la medicina”Susan Sontag. El Sida y sus metáforas.

La tragedia colectiva deja de ser anónima. El sida, enfermedad del tiempo, también afecta a intelectuales y artistas reconocidos y la lista de muertes se engrosa rápidamente.
Las manifestaciones artísticas adquieren otra importancia, otra exigencia, al imponerse la tiranía del tiempo en el cuerpo del infectado. El compromiso del artista adquiere un matiz trágico. Lo refleja los últimos films del británico Derek Jarman, como así también la dramática “desintegración” corporal en los escenarios del compositor brasileño Cazuza. Obra y muerte se funden en un solo acto.
La literatura no iba a ser ajena a estas transformaciones. La sentencia de muerte que impone el sida afecta la escritura, impone nuevas modalidades narrativas, porque la urgencia afecta al relato.
La obra de Hervé Guibert, Harold Brodkey y los escritos “crepusculares” de Severo Sarduy representan un abanico de las transformaciones que operaron en las narraciones autobiográficas.

El cuerpo es un campo de batalla

La narración autobiográfica que construyen estos autores posee marcas históricas. En primer lugar, porque en el momento de producción de estos relatos, los paliativos que la medicina utilizaba eran insuficientes y se estaba en la primera fase del brote epidemiológico, y aún no habían hecho su aparición los costosos cócteles de drogas. El virus se hallaba en una acelerada expansión, tal es la impresión del “vía crucis” hospitalario de Guibert. Además de la referencia a la agonía de Foucault, la narración se transforma en un “informe de situación”: Empecé a adelgazar el verano pasado. Pesaba 70 kilos y hoy peso 52, acabo de leer en un periódico que una rock-star brasileña muerta de sida ya no pesaba sino 38. Hervé Guibert. El protocolo compasivo.

Hervé Guibert

También deja constancia de los últimos días del dramaturgo Bernard Marie-Koltès: Claire me ha contado las últimas semanas de Bruno, que ha muerto de SIDA… Se pusieron de acuerdo sobre un guión, que al final no llegaron a escribir, sobre el contrabando de marfil en África y fueron a escribirlo juntos a Lisboa…Esa idea de dos amigos en esa habitación de hotel de Lisboa, con esa vista sublime del puerto, uno sano y el otro en coma, pero que sigue teniendo algunos reflejos motores, hablando, comiendo, haciendo gestos, me parecía fantásticamente novelesca… Me enteré de la muerte de Bruno al comprar el periódico, no sabía que estaba enfermo. Murió el mismo día que el asesino de las ancianas, Thierry Paulin, quien, según dijo, había decidido matar, violar y torturar ancianas el día que se había enterado, a la edad de veinte años, de que padecía de SIDA. Su serie de asesinatos era su carrera contra la muerte. Hervé Guibert. El protocolo compasivo.

Asimismo, la otra inscripción importante en los textos es la realidad hospitalaria, el espacio donde se es sometido a la experimentación farmacológica para prolongar la expectativa de vida: Pero la novedad del HIV (mucho más que la del sida) es que la Enfermedad conecta indefinidamente, de manera masiva, al ser humano a la maquinaria médico-farmacológica (la industria farmacológica es la tercera, después de las armas y el petróleo). Y esa conexión, a diferencia de las radioterapias y quimioterapias propias del siglo XX no es tanto un envenenamiento como una suspensión indefinida del combate. Daniel Link. Clases. Literatura y disidencia.

Harold Brodkey

El hospital en Harold Brodkey, es la metáfora del derrumbe de la cultura urbana. El cuerpo es carne de hospital: …los hospitales se han vuelto un desastre, han perdido. El derrumbe de esa conspiración de clase media que era la cultura urbana en Occidente se muestra en los hospitales como una corrupción visible, básica y total. Todo es improvisado y endeble, hasta la limpieza y la administración de tratamientos…(…) Se espera que uno haga un esfuerzo para volver a los barrios residenciales, a la pista de tenis, para rendir obediencia a la vida…(…) Una persona de constitución fuerte, con un seguro médico de clase media tiene más probabilidades de llegar a dieciocho meses. Harold Brodkey. Esta salvaje oscuridad.

Para Guibert, el hospital es el infierno, y el lugar en donde desarrolla su historia clínica, donde se estudia y se somete al cuerpo a la experimentación, para cruzarlo con la literatura: Mi padre quería que estudiara medicina. Gracias a esta enfermedad, tengo la impresión de aprender medicina y la vez ejercerla. En literatura, los relatos médicos, aquellos en que interviene la enfermedad, son los que más me gustan: las novelas corta de Chejov que tratan de su arte de médico y sus relaciones con algunos de sus pacientes y le permiten contar destinos curiosos; los Relatos de un joven médico de Bulgákov… Hervé Guibert. Citomegalovirus.

La tragedia se torna colectiva, la guerra contra el virus el desigual, y se transforma en un genocidio que asemeja al holocausto judío. El cuerpo queda sometido en un campo de concentración, según Brodkey: El apartamiento de la sociedad, la marginación política y le robo de dinero, los ataques en busca de algo que quitarle a uno y la indignidad-incluida la indignidad social-del sida traen a la cabeza un versión parcial de los campos de concentración, a veces fluorescente y con suelos de linóleo. A los que prosperen más de uno o dos años el crescendo final de las humillaciones-deterioro, demencia, diarrea, aftas, sarcoma de Kaposi, ciertos glaucomas-se los llama supervivientes, en lo que parece un reconocimiento de parentesco. Harold Brodkey. Esta salvaje oscuridad.

Igualmente para Guibert, el cuerpo del escritor (más precisamente lo que queda del cuerpo) rememora al condenado o al superviviente de Auschwitz: Ese cuerpo descarnado que el masajista masajeaba brutalmente para devolverle vida y que dejaba jadeante, caliente, hormigueante, como transportado de júbilo por su trabajo, volvía a encontrármelo yo en panorámica auschwitziana todas las mañanas en el gran espejo…(…) …a veces tengo la impresión de que va a salir del apuro, puesto que hubo quienes regresaron de Auschwitz, otras veces está claro que está condenado, va a camino de la tumba, ineluctablemente. Hervé Guibert. El protocolo compasivo.

Severo Sarduy

En Sarduy, en la única anotación realista de su autobiografía del cuerpo, el acoso de la enfermedad, remite al acoso sufrido por los judíos: ¿Quién será el próximo? ¿Por cuánto tiempo vas a escapar? Todo adquiere la gravedad de una amenaza. Los judíos parece ser, conocen muy bien esa sensación. Severo Sarduy. El Cristo de la rue Jacob.

La sensación vuelve a florecer cuando le cauterizan una verruga, médico y paciente comparten el sentimiento:
–O más bien –añadí enseguida– sí siento algo. Pero no es aquí. Algo se está quemando en el barrio. Olor a caucho quemado.
–No es el barrio –replicó sin mirarme, concentrado en su meticuloso quehacer– y no es caucho. Ya le he extirpado la verruga y ahora le estoy cauterizando la piel. Huele a carne chamuscada.
-Los judíos –añadió sin inmutarse- conocemos muy bien ese olor.
Severo Sarduy. El Cristo de la rue Jacob.

La contemporaneidad de la catástrofe en estos relatos y las marcas históricas que de ellos se desprenden, ofrecen un aspecto muchas veces dejado de lado. La vocación “realista” de toda narración autobiográfica.

Pablo Moreno

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Un comentario el “Panorámica auschwitziana

  1. Muy buen laburo Pablo, ya me estoy comprando “el protocolo compasivo”, ahora lo voy a buscar, y lo arranco hoy mismo… 🙂
    ¿esto es parte del trabajo que me habías contado? ¿¿si hay más me lo podés pasar??

    espero que nos veamos las caras pronto
    un abrazo

    Fran

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