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Los libros perdidos

Laura me dice que Javier le dijo que algún día Hugo se impondrá. Como si estuviéramos en el medio de un partido de fútbol pienso. Le digo que habrá que imponerlo. Con línea de tres, cuatro en el medio para recuperar y que hagan circular la pelota, un enganche inteligente y dos puntas veloces. Si usamos dos líneas de cuatro es para salir a defenderse nomás, hablamos de imponer y si nos volvemos conservadores nos cascotean el rancho. Todo esto no se lo digo. El fútbol también tiene teoría pero no tengo ganas de explicárselo.

Savino, autor

Laura me dice que Hugo rompe los códigos, que se granjea enemigos, que su literatura genera malestar. La palabra malestar me provoca… malestar. Desgraciadamente no encuentro otra palabra. Laura en estos momentos es la pitonisa de Nicolás Rosa. Me callo y cambio el ángulo de la conversación. Los años, o el día lluvioso, me han vuelto tolerante.

No debería escandalizar afirmar que la tragedia de la teoría literaria es que no lee libros. Solo busca accidentes topográficos en la forma. La teoría es producida por eyaculadores precoces que necesitan dar status científico a una obra en una hojeada.

Leo a Hugo: Yo, por ejemplo, no quiero que nadie me enseñe a leer. Eso se aprende en el primario. Leo solo. Muchos amigos a los que respeto leen solo.

Sigo leyendo: Para decir que se oye primero hay que ser capaz de escuchar, hay que dejar de pensar que uno es fascinante a los que todos tenemos que escuchar, para escribir, hay que saber que un poema no es algo de la poesía, que la novela no es algo de un género, tendrían que aceptar que son chantres de la comunicación, santones de la divulgación.

Salto de mata. Buenos Aires, Letranómada, 2010.

Esto ni siquiera es una provocación. Es la narración del estado de las cosas. Agregaría que hay que vivir la literatura antes de despedazarla porque tanta masturbación analítica no conduce a nada. Y si escribir es una experiencia debo confesar que lo que estoy haciendo es ejercitar el tedio. Será porque no logro conjugar el ensayo con mi historia personal. Y lo intento. No le rezo a Dios como Henry Miller suplicando que lo hiciera escritor, pero bueno. Mi falta de fe se traduce en esta prosa fragmentaria que no es otra cosa que la solución formal a la falta de ideas.

Mi escritura no respira adecuadamente.

Una experiencia análoga a un formalista ruso tuve con libros. Yo no los quemaba para soportar el invierno. Los vendía para poder seguir leyendo otros. Mi inestabilidad económica siempre me llevo a cometer este acto. Perdí todo Henry Miller (el gran ausente entre mis libros). Recuerdo de esos libros la ubicación de cada párrafo que me conmovía o las manchas de café que había en algunas páginas. Hoy, al no tenerlos, no puedo reconstruir la historia de mi sensibilidad, lo que queda afuera de esas marcas, es decir, la vida. No puedo repetir el mantra de Shlokvski: éramos jóvenes.

Estaba leyendo Ciudades de la noche roja de Bourroughs y mi padre me lo pide porque no tenía ningún libro que leer. Días después me dice que olvidó el libro en el subte. Entonces me llevo de su biblioteca  Asesinato en el Prado del Rey de Vázquez Montalbán. Pepe Carvalho era su personaje favorito. Copiaba y adaptaba las recetas culinarias que pululaban en esos policiales. Me acuerdo que por esas lecturas utilizaba las alcaparras y el coriandro.

El sueño europeo de mi padre era conocer la rambla barcelonesa y llevarle a Vázquez Montalbán una caja de vinos. Alguna cosecha premiada. Así de intima era su relación con la literatura.

El libro que me presto lo perdí en alguna línea de colectivo. Una serie se relaciona con otra dice el estructuralismo. El olvido de un libro se relaciona con la pérdida de otro. Cuando se lo conté a mi viejo me dijo: “parece una venganza”. Y nos reímos. No me atreví a explicarle el estructuralismo porque no me lamenté de mi torpeza. La teoría literaria muere en el afecto de aquellos que leemos y que vivimos cuando leemos. Cuando emergemos de la lectura asoma el mundo, que a veces parece irreal o vulgar.

La novela de Bourroughs jamás la pude recuperar.

En cuestiones de libros perdidos a veces prefiero aplicar la ley del Talión.

Pablo Moreno

Buenos Aires, 01 al 02/09/2010

(A propósito de Salto de mata de Hugo Savino)

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